Santuario oretano

 

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os orígenes de la ocupación de Castellar corresponden a un momento entre el periodo de la Edad del Cobre Final y la Edad del Bronce, es decir en el paso del III al II milenio antes de Cristo. Es frecuente el hallazgo en algunos lugares del término de la característica cerámica de paredes obscuras, por haber sido fabricada con una técnica reductora y en algún caso con un pulimento o bruñido en la superficie. A estos elementos acompañan en ocasiones las hachas o las azuelas pulimentadas, como evidencia de haber practicado la agricultura. Los sitios que remiten a estos hallazgos están por el momento demasiado dispersos en el territorio pero son ya suficientemente abundantes, cabe citar al menos el caso de La Sima al sur de Castellar. Hacia el suroeste, cerca de la aldea de Benatae se localizan otros sitios de esta misma época, se trata de un cerro cerca de Fuente la Teja y del Cerro Morongo cerca del arroyo del Tobazo. Próximo a Castellar esta situado el sitio del Argar, cuyo topónimo evoca el lugar que en Almería dio nombre a la cultura que en la Edad del Bronce, hace dos mil años, llegó a alcanzar las tierras regadas por el curso alto del río Guadalquivir. Por último en dirección a Chiclana, existió otro de estos poblados del segundo milenio antes de Cristo en el cortijo de la Capilla. Apenas conocemos cómo era el urbanismo de esta fase, porque no se han realizado excavaciones arqueológicas en ninguno de estos lugares, sin embargo es posible apuntar gracias a otras informaciones de la zona como es el caso del casco antiguo de Iznatoraf, que se debió de tratar de sitios con un urbanismo de casas de paredes rectas de piedra y seguramente dispuestas en terraza. Bajo las casa debieron disponerse los enterramientos a la manera argárica, muy diferente a las tumbas colectivas o a los dólmenes conocidos en el sur de la provincia. A esta idea apuntan los hallazgos de cistas en dos sitios de los citados: el Cortijo de la Capilla y la Sima. Se trata de cajas fabricadas de piedra y enterradas en el suelo donde el cadáver se inhumaba habitualmente en posición fetal, con las piernas recogidas y vuelto hacia un lado.

 

            Uno de los sitios en los que se ha documentado este poblamiento de la Edad del Bronce dio lugar con el paso del tiempo al asentamiento más importante de la historia más antigua de Castellar, se trata del santuario ibérico de la Cueva de la Lobera y de su entorno los Altos del Sotillo o Cotillo. En 1913 cita Sanjuán Moreno que él y Jiménez de Cisneros fueron encargados por la Real Academia de la Historia para que emitieran un informe que defendió el marqués de Cerralvo, sobre la importancia real de lo que parecía ser un santuario ibérico a juzgar por los hallazgos procedentes de aquel sitio. En 1917 R. Lantier publicó el primer estudio del sitio a partir del análisis de sus exvotos. Desde entonces hasta hoy los trabajos se han sucedido y puede afirmarse con seguridad que aquel núcleo de la Edad del Bronce que ocupó la cueva y las laderas del lugar después de ser abandonado fue reocupado a fines del siglo IV antes de Cristo como un centro de culto de los íberos oretanos. El lugar se define por la existencia de un conjunto de cuevas y abrigos que se levantan hoy a la derecha de la carretera que transcurre desde Castellar a Beas de Segura. La cueva de la Lobera es un abrigo no muy profundo que se hallaba próximo al menos a dos manantiales de agua. La Fuente del Caño y la del Cotillo. Hoy sabemos por los trabajos que en los años ochenta desarrollaron allí las universidades de Poitiers y de Jaén que el acceso a la cueva se hizo por una rampa protegida en el lateral abierto a la ladera por grandes piedras clavadas en el suelo verticalmente. Fue seguramente al alcanzar la parte superior, la cueva, cuando los oferentes echaban los exvotos a ella, sin embargo el gran numero de trabajos y continuados expolios que se han desarrollado delante de ésta hacen imposible decir cómo era en aquel momento. Delante de la cueva, en la ladera que se abre hacia el norte, se sabe que existían casas aisladas de planta rectangular y de una o dos habitaciones construidas con zócalo de piedra y pared de adobe o tapial. Delante de cada una de estas casas existía una terraza, construida artificialmente y por uno de sus laterales se accedía a los caminos que ascendían hacia la cueva. La existencia de varias de estas casas excavadas hace pensar que el santuario tuvo un carácter muy superior al ámbito local y que seguramente en determinadas épocas del año concentraba en el lugar gentes procedentes de varios oppida ibéricos. No es posible resistirse a la tentación de escribir, que del mismo modo que en los santuarios actuales las cofradías tienen sus casas según lugares de residencia de los romeros, ya en el pasado pudiera existir este mismo modelo. Sin duda se trata de un santuario étnico de los oretanos que concentraba allí poblaciones de uno y otro lado de Sierra Morena bajo el control político de un centro como Cástulo. Es conocido que precisamente en esos años finales del siglo IV antes de Cristo, los oretanos que luego se revelaron contra los cartagineses, estaban construyendo un estado de gran tamaño. El santuario se situó además teniendo en cuenta la posición estratégica de estas tierras para conectar poblaciones de uno y otro lado de Sierra Morena. Es muy posible que la primitiva vía ibérica transcurriera hacia el norte y el levante siguiendo el río Guadalén-Montizón y no el Guadalimar que después constituyó la conocida vía de Aníbal. Castellar pasó así a ser un territorio sagrado, lugar de encuentro de una amplia población que tenía como centro la zona boscosa de Sierra Morena.

 

            Al ser tomado el territorio por Roma, el Santuario perdió su pujanza. No obstante se permitió la continuidad del uso sacro del lugar. No obstante la disposición y los servicios cambió el sitio de ocupación y los edificios se dispusieron sobre la cueva, en el escarpe que se levanta hacia el sur. La crisis del Santuario no supuso su abandono y que a mediados del siglo I después de Cristo se observa un impresiónate desarrollo de casas de campo romanas, que tradicionalmente se han definido como villae y que se documentan por todo el termino gracias a los trabajos de prospección y excavación realizados y que hoy permiten reconocer no solo una red de más de veinte sitios en superficie como El Dorado con una cisterna circular de más de diez metros de diámetro, la del Cortijo de la Parrilla, con mas de cuatro hectáreas el Ayozar, la Sota, etc, sino incluso haber realizado una excavación arqueológica en una de ellas: El Campillo de la que se ha podido estudiar el sistema de calefacción y conducción de aguas. Desconocemos qué ciudad ordenaba todas estas casas agrarias, es posible que la Huerta del Hornero cerca del camino vecinal del Tobazo y del río Guadalimar, sin duda era un centro de mayor tamaño que los demás.