Tierras rojas de olivar

 

E

ntre las estribaciones más orientales de Sierra Morena, al norte, y el río Guadalimar, al sur, el alargado e irregular término municipal de Castellar se desarrolla con dos unidades territoriales claramente diferenciadas, unidas por un estrecho corredor. Consecuencia de los repartos de tierras entre el nuevo municipio creado a mediados del siglo pasado y el antiguo municipio de Santisteban del Puerto, a cuya jurisdicción, y antes a cuyo Condado, pertenecía, el Castellar se quedó con una zona de monte de Sierra Morena, donde sobre los fracturados y fallados materiales líticos paleozoicos del escalón de la Meseta, por donde corre hacia el suroeste el río Guadalén, se desarrollan los encinares, la mayor parte degradados en matorral, en buena parte adehesados, y en otros lugares los pastizales aprovechados por el ganado, donde el poblamiento es inexistente y faltan vías de comunicación.

 

            El estrecho pasillo que une esa zona con la zona sur, entre los ríos Dañador (afluente del anterior) y Montizón, una potente mancha de pinar denso oscurece el paisaje y protege las vertientes abarrancadas que se excavan sobre las margas triásicas del borde meridional de Sierra Morena. Casi siete mil hectáreas fundamentalmente ganaderas, de las que un millar son de monte público estatal repoblado.

 

            La zona sur, que ocupa casi las dos terceras partes del término municipal, se desarrolla sobre las margas triásicas y las placas dolomíticas que las cubren formando relieves en cuestas, especialmente la formación de la Loma de Chiclana, casi paralela a la de Úbeda y por el norte de ella, y sobre un entallamiento de la cual se asienta el casco urbano de Castellar; desde ella, dos vertientes de paisaje considerablemente diferenciado se desarrollan hacia el norte y el sur: hacia el norte, con arroyos que se dirigen hacia el río Montizón, predominan las tierras de labor en las zonas más bajas y occidentales, cuyas rectangulares parcelas van siendo invadidas desde las zonas más cercanas a los 700 metros de altitud por el olivar en expansión; hacia el sur, las extensas campiñas alomadas de tierras rojas triásicas que descienden hacia el río Guadalimar se cubren de un olivar tradicional, de gran porte y elevada productividad, donde solamente pequeñas manchas residuales de antiguos encinares alteran el paisaje.

 

            El cultivo del olivar y la ganadería menor extensiva son los dos pilares clásicos de la economía local; alrededor de un millar y medio de cabezas de ovino pastan en los montes privados ya descritos, y en los ruedos del propio casco urbano se observan aún las tradicionales cercas de piedra apilada para la custodia de los animales; cerca de un millar de cabezas de porcino estabulado son un complemento más a esa economía rural. Incluso sobre la red de caminos tradicional ha dejado impronta la tradición trashumante de los rebaños de ovinos; los anchos caminos entre la Meseta y Sierra Morena por el norte, y las Sierras de Las Villas y Segura por el sur, marcan el paso estacional de los ganados en verano hacia las zonas altas meridionales (hacia Villacarrillo), en invierno hacia las sierras menos frías del norte (hacia Montizón).