Semana Santa 2005

Pregón

 

Semana Santa

 

 

 

 

Francisco Clavijo Viózquez

Castellar.  2005

 

 

A la memoria de mi madre

porque ella guió mis primeros sentimientos.

A Juani, mi mujer, por llenar mi vida,

por compartir estas creencias.

Y a mis hijas, por haberse decidido por una profesión

tan noble y tan incomprendida como es la enseñanza.

 

Invocación

Jesús. ¡Padre y Hermano nuestro! que estás aquí, entre nosotros, en esta noche del Sábado preludio de la Gran Semana. A Ti, humildemente, pido permiso para proclamar, como se me ha pedido, tu Pasión, Muerte y Resurrección, en nombre de todos los hermanos cofrades y castellariegos.

Con tu permiso, Señor.

Y a ti, María, Santa Madre de Dios, pido que ruegues por mí en esta hora e intercedas ante tu Hijo para que mi palabra esté iluminada por el Espíritu Santo y sea fiel reflejo del sincero amor que siento por tu Hijo y por mi pueblo.

Saludo y gratitud

Reverendo Sr. Arcipreste del Arciprestazgo del Condado –  Las Villas y Cura Párroco de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Encarnación de Castellar.

Sr. Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Castellar.

Miembros de la Corporación Municipal.

Sr. Presidente de la Agrupación Arciprestal de Cofradías.

Sr. Coordinador de la Unión Local de Cofradías.

Hermanos y Hermanas Mayores.

Miembros de sus Juntas de Gobierno.

Cofrades de Castellar.

Sras. y Sres.

 

         Antes de pregonar, dejar constancia y reiterar mi gratitud a la Unión Local de Cofradías por acordarse de mí a la hora de elegir un Pregonero para esta Semana Santa que dentro de sólo unas horas comienza. Confieso que la nominación no me llegó en un buen momento. No estaba, digamos, “centrado”. Porque una cosa es estar inmerso en el mundo cofrade: con sus juntas, sus boletines, sus cuidados de las Imágenes, sus arreglos de tronos y todo aquello que vosotros ya sabéis y ponerse a escribir sobre ello…

Y otra muy distinta estar sumido en Planes de Centro, Proyectos Curriculares, evaluaciones, el Séneca y chiquillos… cuando te llega el Párroco con la “buena noticia” de que te han propuesto como pregonero y, por lo tanto, tienes que escribir sobre una etapa de tu vida que ya creías pasada aunque siga viva en tu memoria. La verdad es que os lo agradezco profundamente porque… ¡qué manantial de recuerdos ha aflorado a mi mente al escribir este Pregón!

 

         Y cómo no, mi cariñoso reconocimiento y mi profundo agradecimiento para mi presentador, Jacinto Anaya. Quién mejor que tú para traerme a este sitial. Quién mejor que tú que has demostrado, con palabras y hechos, tu amor por Aquel que nos une. Aquel que tú llamas Cristo y yo llamo Jesús. El mismo Jesucristo. A Él y a María les pido que derramen sobre ti y tu familia sus bendiciones.

 

 

 

 

 

 

 

Mis recuerdos

La experiencia me lo ha dicho: La receta para elaborar un buen pregón es que lo escriba el corazón. Receta que ya aplicaron mis dos antecesores, Francisco Muñoz y Jacinto Anaya, dando como resultado sus dos magníficos pregones. Pero… ¡Qué difícil es ser Pregonero! ¡Qué difícil es poner palabras a los sentimientos! ¡Qué difícil el poder alcanzar lo que el entendimiento sólo acertó a soñar! Así que vuelta a cambiar (esta vez, la pluma no, resulta ya anticuada) el ordenador por el corazón, dejar que él, bajo la inspiración de Nuestro Señor, dicte este pregón y… ¡a ver qué sale! Me daría por satisfecho si vosotros sentís al escucharlo una pequeña parte de lo que yo he sentido al escribirlo.

Y, como todo pregón que se precie, tiene que tener su dosis de recuerdos. Y ahí me tenéis a mí rebuscando en ese baúl sin fondo que es la mente, tratando de encontrar mis primeras emociones vividas en nuestra Semana Santa.

         Podría deciros que mi primera conmoción fue la salida de ésta o aquella imagen, o de tal o cual procesión, o del amor de Jesús o de María… ¡Pues no! Mis primeros recuerdos son mucho más prosaicos. ¡Y mirad que he revuelto el baúl intentado encontrar otros! ¡Pero no! Mis primeros recuerdos de la Semana Santa son los martillos de caramelo de Salcedo y aquellos lagartos que se hacían con las hojas de las palmas del Domingo de Ramos que, para sacártelos del dedo si éste lo metías en su boca, cuanto más tirabas más se agarraban. A lo máximo serio que llego a alcanzar es al lavatorio de pies. Y no sé si se deberá al tiempo transcurrido o a una mala apreciación de la edad, pero… sólo recuerdo ver lavárselos a personas muy mayores.

¿En qué queréis que piense un niño?

 

         Habrían de pasar algunos años para que mi mente adquiriera conciencia de lo que se estaba celebrando y quedara grabado en mi cerebro. Y, aún así, sólo rememoro “retazos” de éste o aquel hecho desdibujados por la nebulosa del tiempo transcurrido, como un sueño mal recordado.

         Así recuerdo mi primera procesión, la que estaba más al fondo en mi baúl, un Vía-Crucis. Estábamos en las “calles bajas”, en la Plaza de la Espiga, sin la palmera. Lo que parece fallarme, respecto a esta procesión, no es la apreciación de la edad sino del sexo, pues recuerdo sólo a hombres. Hombres serios cantando de vez en cuando, hombres mirando al Crucificado que sobresalía, aunque para mí no demasiado, entre las cabezas. Y… ¡lo curiosas que son estas evocaciones! Me parece estar viendo entre aquellos hombres a Ignacio, el de la tienda.

         Claro que, en mis recuerdos, también hay mujeres. Todas de negro, en silencio, y con una Virgen también de negro. Esta es la procesión que recuerdo con menos “nieblas” ya que era la que más gustaba a mi madre y, claro, siempre me llevaba con ella. ¡La Soledad! Y durante mucho tiempo tuve problemas con esa palabra en la escuela de Doña Gloria. Porque si soledad significa “carencia de compañía”… ¿cómo podían llamar así a aquella Virgen si iba siempre tan acompañada?

         ¿Y mi primera Madrugada? Veo, entre nieblas, luces subiendo una cuesta. No sabría en que calle situarlas, imagino que Juana Olid o Angosta. Veo figuras oscuras con capiruchos altísimos; una cruz brillante llevada por una Imagen de larga túnica, con cola; unos hombres encorvados, enganchados con correas, sufriendo. De pronto, un capirucho que pasa delante de mí se inclina; unos ojos, desde el fondo de unos agujeros, me miran; y una mano, surgida de no sé dónde, se acerca a mi cabeza. ¡El susto no se me olvidará en la vida!

         Pudieron ser aquellas luces, aquellos brillos. Pudieron ser aquellos hombres encorvados. Pudo ser aquel gesto, sin duda amistoso, que me causó pavor. Pudo ser el Nazareno. No sé qué fue lo que me atrajo, si el amor, el dolor o el miedo. Puede que el misterio. Pero algo me sedujo aquella madrugada. No había pasado una semana cuando mi amigo Antonio y yo nos presentamos en la droguería para que Mateo Máigler nos apuntase como “hermanos”. Nos dijeron que él lo hacía, que era el Secretario. Fue un día de abril de 1962, el veinticinco según mi amigo. Los dos íbamos a cumplir nuestros diez años. ¡Qué lejos estaba de suponer las consecuencias que esta decisión traería para mí mucho tiempo después!

 

Benditas aquellas luces

que mis tiernos ojos guiaron

a mirar tu Santa Imagen,

a sentirte mas humano.

Benditas aquellas luces

que a mí también me mostraron

aquellos hombres cansados,

el dolor de mis hermanos.

Benditas aquellas luces

que en tu Cruz se reflejaron

convirtiéndola en un faro,

proclamando tu amor pleno.

Benditas aquellas luces

que en tus espinas brillaron,

mostrando el desamparo

en tu semblante sereno.

¡Benditas aquellas luces

que me hicieron nazareno!

         Hubo después más Entierros y Madrugadas, en las filas, con mi vela. Hasta que, paulatinamente, las velas se fueron apagando poco a poco; y, una tras otra, las túnicas desaparecieron. Durante mucho tiempo creí que eran figuraciones mías. En los locos años de la juventud no tienen cabida las ilusiones infantiles, pensaba. Pero no, el fenómeno sucedió en toda España y, por supuesto, en toda Andalucía. Avanzada la década de los sesenta y en los años setenta, las cofradías agonizan y muchas desaparecen; las nuestras languidecen.

         Si en nuestra Patrona fue Francisco, y “Rafa” en San Benito, en nuestra Semana Santa, Isidro fue el “despertar”. Él me sacó de la rutina; él me devolvió mi vela, mi fila, mi túnica y mi Nazareno; él planeó la “encerrona” para elegirme Hermano Mayor. ¡Dios, qué ajetreo el de aquellos días! ¡Qué de trabajo! ¡Qué de ilusiones! ¡Qué de reuniones! ¡Qué equipo! ¡Si hasta con la Moncloa nos hubiésemos atrevido! Y tras de mí vino Rufino, y luego llegó Toni, y ahora Sotero, el herrero.

         Y, por aquel entonces, también despertó la Cofradía de Ntra. Sra. de los Dolores. Y tras Lolita, Pilar, y Ramoncita, y Elisa, y Encarni hoy en día.

         Y en 1988 Félix enriquece nuestra Semana Santa fundando una nueva Cofradía, la del Stmo. Cristo del Calvario. Y le sucedió Francisco, y después Jacinto, y al presente, Fernando.

         También por aquellos años se renovó la Hermandad del Santísimo Sacramento. Y tras Araceli llegó Esperanza, y actualmente Grego.

         Y sería injusto quitar el mérito a los miembros de todas sus Juntas que, como comprenderéis, sería demasiado prolijo nombrar. Y seguiría siendo injusto si no mencionase, esta vez por ser pocos, a los que nos dirigieron:  D. Eduardo, D. Julio, D. José María, D. Juan y D. Miguel Ángel.

         Todos juntos hemos configurado la Semana Santa que ahora conocemos, nuestra Semana Santa, la Semana Santa de Castellar:

 

 

Domingo brillan  las palmas;

Lunes y martes, espera;

el miércoles negro y grana,

Cristo en el Calvario aguarda;

Jueves, Caridad fraterna;

silencio la Madrugada,

el Nazareno camina;

Viernes dolor, luto y llanto,

con la mayor Soledad

es Dios quien está expirando;

y al terminar la semana

la Esperanza renovada.

 

Las Cofradías y su misión

         Pero no seamos tan presuntuosos de creer que nosotros todo lo hicimos. Si nuestras cofradías se durmieron cuando, en España, todas lo hicieron; también con todas despertamos. ¡Es curioso! Nosotros, sin tener contacto en aquellos momentos con ninguna otra cofradía del exterior, nos levantamos al mismo tiempo; incluso, como después pudimos comprobar en los Congresos en los que participamos, casi nos adelantamos. “Relevo generacional” lo llamaron los entendidos. Yo más bien lo llamaría “colaboración generacional”, pues, en mi Junta, hasta tres generaciones estuvieron unidas trabajando.

         Todo esto me hace pensar que la vida, además de parecerse a un “río”, como cantó Jorge Manrique, también se parece al mar: con sus calmas y tempestades, con su diario oleaje monótono, con sus periódicas mareas que nos arrastran en sus flujos y reflujos. Sí sé en que momento de la marea estamos, aunque no sabría decir por cuanto tiempo. ¡Ojala esta pleamar sea larga y duradera!

Nuestras cofradías viven hoy un momento de esplendor: sus pasos brillan más que nunca movidos al ritmo pausado de anderos y costaleros y jamás han desfilado tantos nazarenos en nuestras procesiones. Pero si nos quedamos sólo en lo externo, si la actividad de nuestras cofradías se reduce a procesionar nuestras Imágenes Titulares, estaremos traicionando el espíritu que animó su nacimiento, perdiendo su identidad e hipotecando su futuro. Nuestras cofradías deben mantener y recuperar, si es preciso, el espíritu de fraternidad que siempre las ha caracterizado. Unas cofradías en las que sus cofrades se sientan hermanos. Unas cofradías conscientes de su misión evangelizadora en este mundo contradictorio de derroches y riquezas, de hambres y miserias, tan cercano y que nos rodea. Unas cofradías que conviertan la Caridad en su principal estandarte.

“Porque tuve sed y me disteis de beber,

tuve hambre y me disteis de comer, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis”.

Para eso nacieron y para eso deben seguir viviendo.

 

A vosotros, miembros de las distintas Juntas de Gobierno aquí presentes, os lo pido. Cuidad nuestras salidas al pueblo, nuestras procesiones, nuestras Estaciones de Penitencia. Cuando una cofradía se echa a la calle, es un trozo de altar, un trozo de iglesia la que sale. La procesión es un caminar juntos, una búsqueda juntos, un abandonar lo que tengo para encontrar algo mejor juntos, una experiencia espiritual juntos. La procesión es un seguir a Jesús, a María o a los Santos que, en definitiva, nos conducen a Él, porque Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. No os dejéis encandilar por Semanas Santas de Interés Turístico porque, entonces, se premiaría el mejor desfile, se pasaría por tribuna y habría que impresionar con mejores galas. Y la procesión dejaría de ser lo que es para convertirse en eso, un desfile. Nuestras procesiones son muy dignas tal y como son ahora: con esa devoción, con ese respeto, con ese silencio; sin globos ni caramelos, sin venta de estampas y figuras de nazarenos.

         Cuidemos nuestras procesiones y cuidemos nuestras imágenes. Mimémoslas, restaurémoslas, como no hace tanto se restauraron las imágenes de San Juan y de María, la Esperanza y los Dolores; como este año se han restaurado las del Cristo del Calvario y la Verónica; como también se han restaurado esas manos que tantas veces he tenido entre las mías, que tantas veces he besado, las manos del Nazareno. ¡Mi Nazareno! Difícil será poder aguantar mis sentimientos cuando mis labios pronuncian “Nuestro Padre Jesús Nazareno”.  Difícil será que no se quiebre mi voz y no afloren a mis ojos lágrimas de emoción contenida y de recuerdos imborrables. Perdonad si se me nota, pero con Él he crecido y con Él he madurado, a Él me confío y a Él le reprocho, con Él caigo y con Él me levanto, con Él busco y con Él encuentro, a Él le pido y con Él espero. Hace tiempo que, al mirarlo, dejé de ver su Imagen; sus ojos me conducen más adentro. Para mí, hablar del Nazareno es… ¿Veis? Me faltan las palabras. Y la mejor forma de expresar un sentimiento es… el silencio.

Cuidemos nuestras Imágenes, pues aun sabiendo que son sólo imágenes, nos ayudan a fijar en Él nuestra mirada, concentrar nuestros pensamientos, avivar nuestra fe y enriquecer nuestra liturgia. Ellas representan el Dios de nuestra devoción, de nuestra tradición y nuestra experiencia, de nuestra poesía y pintura, de nuestras iglesias y catedrales, de toda una civilización de amor y de fe que ha sentido y expresado lo mejor que el hombre es y tiene. Cuidémoslas pero no nos detengamos en ellas. No vaya Él a decirnos, en lugar de: “Galileos, ¿por qué seguís mirando al cielo?” –esto otro:

“Castellariegos, ¿por qué seguís mirando mi Imagen? ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Si yo no quiero vuestra compasión, sino vuestro arrepentimiento! Yo lo que os pido es que penséis y reflexionéis: ¿A qué viene ese afán de ser, poder y tener? ¡Si al final todo os lo dejáis! ¿Ya lo habéis olvidado?

“¡Como los lirios del campo! ¡Como las aves del cielo!”

Si yo lo que quiero es vuestra misericordia, no vuestro sacrificio. Si yo lo que quiero es que dejes tu ofrenda y vayas a reconciliarte con tu hermano. Si yo lo que os digo es que vale más el hombre que el sábado.

¡Mira mi Imagen, sí, pero no te detengas en ella! Mira mis ojos, penetra en sus aguas y rema mar adentro. Y descubre un mundo nuevo, el mundo de mi Reino.

Castellariegos, ¿qué hacéis ahí mirando el cielo?

Pero está escrito: Para entrar en el Reino hay que ser como niños. Porque los niños saben amar de una manera tan pura, tan espontánea, tan sin conceptos… que no los entendemos. Los niños son los únicos que ven las cosas como son. Ven a las personas sin etiquetas, sin prejuicios, sin interferencias. Hoy pueden pelearse y mañana seguirán siendo amigos. Los prejuicios, las etiquetas y los miedos se los metemos nosotros, los mayores. ¡Hay que ser como niños!

“Porque de los que son como ellos

es el Reino de los Cielos.”

 

 

La golondrina

Mañana comienza la Semana Santa, la Semana Grande de los cristianos. Vivámosla como niños. O, mejor aún, vivámosla como esa golondrina que hoy ha llegado a nuestro pueblo y vuela libre, viviendo y siendo. Vivámosla como ella, sin ideas preconcebidas, sin interferencias, dejándonos arrastrar y atrapar por los acontecimientos que, a cada momento, van a suceder ante nosotros. Dejemos que sea ella la que nos los cuente.

         Y esa golondrina recién llegada, si pudiera hablar nos diría que su largo vuelo le ha hecho llegar jadeante, exhausta, anhelante por volver a ver ese pueblo que la primavera anterior la vio nacer. Y nos contará que, a poco de llegar, en un día luminoso y alegre, atraerá su atención un ajetreo inusual que le hará pensar que los humanos hacen su muda antes que las aves, pues ese día todos lucen plumaje nuevo. Y de la iglesia que hay en la plaza colmada de vieja piedra, la que posee la torre más alta, la más esbelta, verá salir un bosque en movimiento. De vacilantes palmas doradas y vibrantes ramas de olivo está compuesto. Y se desliza calle abajo, por escaleras de piedra se desparrama y busca la otra iglesia, la de la torre más tosca. Y desde esa floresta se elevan cánticos, y oye decir a los que las ramas llevan: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. “Hosanna al Hijo de David”.

 

 

Y oye hablar de “entrada en Jerusalén”, de “montado en un pollino”, de “Mesías aclamado”. Y ve a muchos niños, con sus ramas, con sus palmas. Y ve como todo aquel bosque entra en la Parroquia, a cuyo alrededor, curiosa, vuela. Y al pasar ante puertas y ventanas alcanza a oír frases aisladas: Que si “Judas le traicionó con un beso”, que si “Pedro le negó tres veces”, que si “Pilato se lavó las manos”,…

         No entendiendo nada busca a sus amigas las palomas. Ellas viven todo el año en la iglesia, ellas sabrán qué está sucediendo. Y a ellas pregunta que a quién aclamaban todos los que aquel bosque llevaban.

         -¿No has visto que, en medio de esas ramas, alguien le representaba? –entre arrullos le contestaron-. Todos han venido deseosos de contemplar al joven Rabbí de Nazaret. Ése que nació en Belén, en un pesebre porque no había posada. Ése que a los ciegos hace ver, a los mudos hablar, y a los sordos oír, que sana a los enfermos y devuelve a la vida a los muertos. Ése que habla palabras de paz y predica el amor entre humanos…

         Y la sencilla golondrina, admirada, pensó que aquel Hombre, aquel Mesías, bien merecía que le aclamaran.

 

         Tres días pasó la golondrina buscando el mejor barro para rehacer su nido, aquel que sus padres le dejaron. Tres días pensando en aquel Hombre al que no vio pero sí intuyó, aquel Hombre al que aún no conocía pero, por lo que le habían contado, su corazón sí comprendía.

         Ya anochecido el tercer día, un retumbar de tambores la despertó de su sueño y, entre el redoblar, le pareció oír  un quejido de trompetas. De pronto ya no oyó nada. –Un sueño. –pensó, y su cabeza acurrucó bajo el ala. A punto estaba de volver a quedar dormida cuando regresó el sonido. Su corazón la impulsaba a volar hacia aquella música acompasada; su cabeza le indicaba que, en la noche, ella nunca volaba. La luz de las farolas y aquel lamento que traía el viento la decidieron. Sin pensarlo dos veces voló hacia el sonido, sus notas la llevaron a la plaza donde la piedra reinaba. Allí, volviendo la esquina, vio aparecer dos filas de rojo y negro, de cruz blanca en los pechos y fuego en las manos. Y, entre las filas, un pesado trono avanzaba movido por generoso sudor de costaleros. Y, sobre el trono, cuatro hachones de cera encendidos; y, entre ellos, un monte florecido; y, sobre el monte, una Cruz que otrora fue un grácil árbol erguido; y, en la Cruz, un Hombre, cabeza inclinada y brazos abiertos. Y al acercarse, tan próxima estaba que pensó que a ella iba a tocar aquella mano, pero ésta no se movía. Horrorizada vio como un clavo la atravesaba.

Entonces reparó en la herida de su costado, sangre y agua juntas brotaban y, sin duda, esa noche habían puesto color a aquellas capas. El Hombre a la Cruz clavado estaba muerto, con sus rodillas dobladas, con sus brazos abiertos. Con tristeza le contemplaba cuando a sus oídos llegaba una oración musitada por una de las personas que allí estaban viendo pasar el cortejo.

Será tu muerte serena

que me seduce y atrapa,

será tu frente sangrante

o en tu pecho la lanzada,

serán tus brazos abiertos

que me gritan y me llaman,

serán tus ojos sin vida

o tu mirada nublada

o tus pies escarnecidos

o tus rodillas dobladas

o el dolor de mis pecados

o tus hechos y palabras.

Por algo de esto será,

Cristo muerto del Calvario,

Señor de la Muerte buena,

por lo que llevarte quiero,

además de en mis entrañas,

en tu Cruz, junto a mi pecho.

         Y de pronto los tambores callaban y enmudecían las trompetas, y alguien contaba un fragmento del triste caminar de aquella Cruz por aquel Hombre engrandecida. Así llegó a saber que con la Cruz a cuestas hasta tres veces caía; que su Madre sufría; que el Cirineo le ayudaba; una mujer su rostro enjugaba; y, finalmente, tras ser despojado de sus vestiduras, en la Cruz era clavado y en la Cruz moría. Y siempre al terminar, la gente respondía: “Por tu Santa Cruz redimiste al mundo”. Ella no entendía muy bien lo que sucedía y no pudiendo soportar tanto sufrimiento, mientras los tambores retumbaban, las cornetas vibraban y el aire temblaba, volvió a su nido, y allí se preguntó que qué mal habría hecho aquel Hombre para merecer una muerte tan despiadada. Y aquella noche soñó con aquella fija mirada, con aquella mano clavada,  con aquellos brazos abiertos.

         Aún seguía interrogándose por la identidad del Hombre de la Cruz cuando, en la tarde del día siguiente, la golondrina llegó al patio de la Parroquia persiguiendo a una abeja que buscaba refugio en la espesa hiedra que cubre la vieja pared de piedra. Advirtió que había gente en la iglesia y, por lo que oía, a celebrar una cena se disponían. Ella siguió con su tarea pero una frase captó su atención:

“Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros…”.

-¡Qué cosa más rara! –pensó. –El anfitrión lava los pies de sus invitados. –Y reanudó la persecución interrumpida.

         Volvió a detenerse poco después cuando escuchó:

         “Tomad, comed, éste es mi cuerpo…” y “Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre…” y “Haced esto en memoria mía.”

         -¡Qué cena tan extraña!¡El que ha convidado se da como alimento! -volvió a decirse la golondrina.

         Como la abeja ya había escapado y ella no tenía ánimos para continuar la caza, decidió volar por volar por encima de los tejados. Ya se disponía a dar por terminada la jornada cuando a su memoria vino el día de los ramos, porque un tropel de gente seguía el mismo camino, sólo que al contrario; y tampoco había ramos, ni de palmas ni de olivos. Y como la gente entrase en la iglesia, la de arriba, hacia allá voló ella y se posó donde Santiago cabalgaba. A sus oídos llegó una dulce melodía: “Pange, lingua”, decían. Ella no la entendía pero segura estaba de a quién se refería: Al Hombre que lavó los pies a otros, al que se hizo pan y vino en la comida compartida. Y comenzaba a sospechar que aquel Hombre era el mismo del que le hablaron las palomas, el Maestro de Nazaret. En cuanto al de la Cruz, aún seguía preguntándose quién sería. Y allí, arrullada por aquella bella melodía, donde debía estar la espada de Santiago, se quedó dormida.

         No por mucho rato. El ajetreo de aquella noche no la dejaba pegar los ojos ni metiendo la cabeza bajo las alas. A la iglesia las visitas menudeaban, así que optó por volver a su nido. Volando estaba cuando observó que en la otra iglesia tampoco paraban: Unos entraban, otros salían y fumaban, llegaban claveles, tiraban papeles, volvían a salir, tomaban café… ¿Qué estaría sucediendo allí dentro? Intrigada, se dispuso a pasar la noche en un cable de la plaza. Y volvió a despertarla el gentío. Todavía no había amanecido y la plaza se estaba llenando. De pronto se abrieron las puertas del templo y entre túnicas, música y silencio, salió un grupo de lindas muchachas, una de ellas mostrando un pañuelo con un rostro en él grabado.

         Después cambiaron los sonidos, el timbre de la campana y las notas de la banda, y poco a poco fue apareciendo el Hombre de la Cruz dorada, el Señor de la Madrugada, Nuestro Padre Jesús, el Nazareno, le llamaban; andando; más que andando, mecido; más que mecido, acunado en brazos de sus anderos. En la plaza unos susurros se escuchaban:

-Este año no está Silve; ahí, delante, estaba su sitio.

-Y ese otro era el lugar de Pedro. Y aquel, el de Ángel.

-¡En la flor de sus vidas! ¡Vaya siega llevan los nazarenos!

 

Y, desde las alturas, le pareció oír una voz que decía:

Anderos del buen Jesús

que con amor lo alzasteis,

hoy estáis viendo su luz,

porque cuando lo llevasteis

también cargasteis su Cruz.

         Y pensó que muy queridos debieron ser estos tres costaleros porque, allí en la plaza, tres mujeres escondieron sus llantos tras los pañuelos.

         Y esta vez no hubo toques de campana, sino golpes de martillo. Y varal a varal, vela a vela, rodilla a rodilla, una escalera de fuego se fue encendiendo; pero el calor venía de más arriba, venía de María…

la de la triste mirada,

la del sollozo en los labios,

la de la pena en la cara,

la del rosario en la mano,

la de en el pecho Esperanza,

la de San Juan a su lado;

la de nuestra ansiada espera

que va tras el Nazareno

recordando su promesa,

mitigando nuestra pena.

         Y se acordó del Nazareno, y lo alcanzó en las estrechuras de la calle Angosta, donde ventanas y balcones quieren abrazar insignias y pasos en una imagen inolvidable de sombras y de fuego. Y allí voló muy bajo para contemplar aquellos ojos profundos. Y vio cansancio y mansedumbre, y vio paz, y vio amor entregado. Y admiró aquella boca entreabierta. Y vio dolor, y vio afecto, y vio pasión, y vio anhelante fatiga provocada por el peso de la cruz. Y pensó en arrancar aquellas espinas, y se le ocurrió apartar aquella cruz, y quiso darle ánimos volando muy cerca de su oído. Y al final sólo pudo desahogarse con su canto, que es la forma que ellas tienen de expresar su llanto. Impotente, la golondrina comprobó que sólo podía volar y cantar, volar y llorar. Volar de Toscas a la plaza, donde el volumen de piedra hace empequeñecer los tronos; contemplar como la procesión se divide en Mendo Benavides, pasadas ya las angosturas; y esperar en lo alto del Calvario.

¡Silencio, guardad silencio!

¡Silencio, llega al Calvario!

¡Silencio, su Madre espera!

¡Silencio, que está girando!

¡Silencio, los dos se acercan!

¡Silencio, es el Padrenuestro!

¡Silencio, el Avemaría!

¡Silencio, que se despiden

el Nazareno y María!

Y en el silencio se oía:

¡Hijo mío! ¡Madre mía!

¡Silencio, guardad silencio!

 

Y allí se detuvo el tiempo.

Tanto sufrimiento había

que, por huir del momento,

la noche llamaba al día.

El Sol, que escuchó el lamento,

a salir no se atrevía.

Esto quiso el firmamento:

ni de noche ni de día.

Y así transcurre el Encuentro:

al alba, de madrugada,

en los albores del día.

 

 

Y, tras el Encuentro, volar muy alto, allá donde vuelan sus primos los vencejos, para observar como la comitiva tiñe de morado las calles largas y rectas. Y desde las alturas ver como:

 

 

 

 

Por la Carretera arriba

avanza un río morado

de fuego y oro, en sus aguas

tres naves van navegando,

entre humo de incienso y velas,

timoneles y remeros

generosos en su brega.

 

La primera, más ligera,

remando bellas doncellas,

en alto su capitana

con su paño por bandera.

 

La segunda, el buque insignia,

de morado, oro y grana,

negro y blanco sus remeros,

grave y sereno navega,

con su campana y su mástil

brillando más que una estrella,

abrazado el Almirante

con dulzura el rumbo traza,

Capitán de este navío

que es su vieja Cofradía.

 

Le sigue la más etérea,

al viento todas sus velas,

temblando, en su bambalina,

una corona de espinas,

Jesús en letras doradas,

verde esperanza la Reina;

a ésta que bien le vendría

rezarle mientras navega

¡una Salve Marinera!

 

 

         Y, tras las curvas de la Glorieta, donde el morado resplandece y los tronos se entrecruzan en las retinas, posarse en los cables de la calle de las Parras para ver como los primeros rayos del Sol arrancan destellos del brazo enhiesto de la Cruz dorada. Observar como, en la Plaza de la Parroquia, el palio pasa rozando el arco de la puerta. Tener el alma en vilo en la última “levantá”. Soltar un suspiro de alivio cuando no pasa “na”. Y ya de vuelta a los quehaceres de su nido, la golondrina irá cantando a los cuatro vientos:

 

 

 

¡He visto la Madrugada!

El alba en su cruz dorada,

la Verónica turbada,

en su Esperanza a María,

a San Juan en su mirada.

¡He visto la Madrugada!

la de túnicas moradas,

de faroles encendidos,

de claveles y azucenas,

de lirios y pies descalzos,

de cordones y medallas,

de luna clara y silencio,

de cera, incienso y promesas.

¡He visto la Madrugada!

la de emociones intensas,

de lágrimas en los ojos,

de aflicción en las estrellas,

la de los labios temblando,

la de las tristes miradas,

la del Encuentro sentido,

de nudos en las gargantas

y de llantos contenidos.

¡He visto la Madrugada!

 

         Y, a lo largo del día, a la golondrina le fue royendo la sospecha de que algo muy grave debió haber sucedido tras la Madrugada porque, esa tarde, a pesar de que la gente a la iglesia acudía, no llamaban las campanas. Curiosa y con un nudo que oprimía su pequeño pecho nacarado voló de ventana en ventana en torno a la Parroquia y sólo alcanzaba a oír expresiones sueltas:

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y… “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

Y… “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”

Y oyó decir algo así como: “…se convirtió en causa de salvación eterna…”

Y también oyó cantar: “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavado la salvación del mundo”

         Desesperada porque no lograba hilvanar tales frases, pidió ayuda a sus amigos los gorriones, los pájaros más listos, revoltosos y atrevidos. Y, uno de ellos, la llevó a la ventana que hay encima de la puerta de la Sacristía y le enseñó un agujero que allí había en un cristal rojo y por el que, de vez en cuando, el gorrión en la iglesia se metía. La golondrina no llegó a tanto, pero desde fuera y a través del agujero vio como la gente, en fila y en silencio, besaba una cruz erguida que el párroco sostenía. Y se hizo la luz en su cerebro, y recordó al Crucificado que estuvo a punto de tocarla con la mano y comprendió que el Hombre al que todos aclamaron con sus ramos, el que hacía ver a los ciegos, oír a los sordos y resucitar a los muertos; el Hombre que se hizo alimento, del que hablaba la dulce melodía, el Hombre de la Cruz a cuestas y el Hombre a la Cruz clavado eran el mismo, y había muerto. Y preguntó a los gorriones que quién le había matado.

-¡Los mismos que le aclamaron! ¡Los humanos!  –le contestaron.

         Y voló hasta sus parientes los aviones, los de capa negra y hábito blanco, y les preguntó que por qué le habían condenado.

         -¡Por igualar a todos! ¡Por ser bueno!  –le respondieron.

         Y subió hasta sus primos los vencejos, los de manto negro como la noche, para preguntarles que por qué le habían matado.

         -¡Se ha sacrificado por los hombres! ¡Para salvarlos y redimirlos! -le dijeron.

         Y hasta a las palomas, tenidas por más sensatas, les repitió la misma pregunta.

         -Lo asesinó la maldad humana. Porque Él es la salvación que Dios ofrece a los hombres. Y a muchos de los hombres, lo que Él decía, no les convenía. –muy serias le arrullaron.

         Y, en su desesperación, a punto estuvo de ir a preguntarle a la lechuza.

         En esto estaba cuando vio salir de la iglesia un fúnebre cortejo.

Negro salió el Estandarte,

negras eran las túnicas,

y negros los capiruchos,

negras ondeaban las capas,

negros también los vestidos,

las peinetas y mantillas,

los escudos en los pechos.

Y el cielo al luto se unía,

negra la noche venía.

Y negras eran sus alas,

como el dolor que sentía

cuando vio que aparecía,

rodeado de tanto luto,

sobre una sábana blanca,

el Santo Entierro de Cristo.

Y al ver la yerta figura

tan honrada y enaltecida,

pensó que bien merecía,

después de larga agonía,

la paz que su faz mostraba,

¡al fin Jesús descansaba!

         Y la Madre, hundida en la mayor de las soledades, iba cerrando el séquito. Y pensó que no hay mayor dolor ni pena más terrible que los de una madre que pierde a un hijo. Y ese dolor y esa pena, con un baño de dulzura, estaban en aquella Imagen de María que lloraba, como llora cualquier madre de hoy, ayer o mañana, al hijo perdido. Y, al verla más de cerca, un cúmulo de preguntas acudió a su mente.

¿Qué sentiría en el alma,

qué emoción recibiría,

el mortal que te tallase,

al terminar tu figura,

y en tus ojos se asomase

y en tus manos nacaradas

un beso depositara?

¿Quién tuvo la feliz idea,

quién tuvo tales temores

que, al mirar tu inmensa pena,

te bautizó con Dolores

y así mi pueblo te aclama?

¿Qué bella estrella del cielo

bajó desde su morada

para dejar en tus ojos

ese brillo en tu mirada?

 

¿Cuál de los siete dolores

dejó tal huella en tu cara

que, con sólo ver tu Imagen,

se me rompen las entrañas?

¿Quién se siente indiferente

al ver a tu Hijo sin vida

y Tú, en soledad, tras Él?

¡Mi Madre desconsolada!

¡En sus Dolores, María!

Y volando por encima de las cabezas se unió a la triste comitiva. Pensó que ella sentía el dolor al igual que lo pudiera sentir cualquier persona. Y por dos veces se adelantó, y en dos lugares se posó en los cables para ver llegar el cortejo, aspirar el humo del incienso, unirse al dolor que traspasaba a María, sentir la paz que Cristo sentía. Y esos cables estaban en lo alto del Egido y allí donde Prim termina.

         Tan grande era su pena que, aquella noche, no pudo pegar ojo. Y al día siguiente no llevó barro a su nido ni voló tras los mosquitos. Allí, en la penumbra de la cochera, permaneció echada. Ni siquiera se movió cuando la puerta se abrió y un grupo de hombres, a hombros, entraron con un trasto. -¡El trono del Nazareno! – decían. ¡Cuando en nada se parecía! ¡Qué diferente a aquella nave arbolada que, ayer mismo, por aquel río morado navegara!

         -Así que… todo se ha acabado! ¡Ya nada quedaba! –pensó. Y creyó que el mundo se derrumbaba. Así, en la oscuridad, paso el día.

         Y a eso de la medianoche un repique de campanas la sacó de su letargo. Comprendió que algo grande había pasado para que, a esas horas, las campanas tocaran a rebato. Y voló rauda a la ventana, la que tenía el agujero. Y desde allí vio brillar un precioso retablo vacío. Y desde allí oyó cómo decían:

-¡…resucitó de entre los muertos! - Sólo esas palabras bastaron. Ella sabía quién había resucitado. ¡Pero si lo presentía! ¿Acaso no es Esperanza uno de los nombres de María?

         Y pensó que qué difícil es ser Dios y qué suerte tenemos los humanos.

Y no pudiendo reprimir su alegría y olvidando su miedo a la astuta lechuza, que acechaba en lo alto del campanario, se lanzó a un alborozado y arriesgado vuelo acrobático, como sólo las golondrinas saben realizarlo. Y llegó muy alto, sobrepasando con mucho la cruz del campanario, gritando: ¡Ha resucitado! Y una estrella fugaz pasó dibujando el cielo. Y bajó rozando el suelo, silbando: ¡Ya está aquí! ¡Ha resucitado! Los ventanales resplandecían. Y al volar bajo la noguera, entre sus ramas, vislumbró como la luna reía.

Aquella noche la golondrina no regresó a su cochera; allí, en el patio de la Parroquia donde había recibido la gran noticia, en una rama de la noguera se quedó dormida.

Y la mañana siguiente trajo un nuevo día y en verdad nuevo parecía. Las campanas al vuelo, la iglesia abarrotada, la puerta atestada. ¡Pero si habían venido hasta los niños recién nacidos! Nerviosa, la golondrina sobre la plaza volaba, de extremo a extremo revoloteaba, en un cable o en otro se posaba. De la puerta emergió un río humano y allí unidos estaban estandartes y medallas, escudos y varales. Diferentes, pero unidos. Todos juntos. Y creyó volver a oír aquella voz que desde el cielo decía:

·En esto conocerán que sois mis discípulos,

si os amáis…”

         En esto pensaba cuando sonó el himno.

De pronto apareció Él,

estaba semidesnudo,

ni en su pecho ni en sus manos,

de heridas había rastro,

sin huellas de su tortura;

Había resucitado,

y aparecía triunfante,

en su trono, caminando,

sus vestiduras al viento,

y con un paso más vivo,

con gracia de costaleras.

Con una Cruz en su mano

pero no como castigo,

aquel terrible instrumento

de dolor y de tortura,

Él lo había convertido

en un símbolo divino.

Y al mirar alrededor

no vio temblor en los labios

ni lágrimas en los ojos

ni tampoco pies descalzos

ni capas color de fuego

ni mantillas enlutadas

ni escapularios morados;

sino hombres de Emidio Tucci

con sus corbatas de seda,

mujeres de lino y flores

con sus collares de perlas;

y los mismos Estandartes

brillaban de otra manera.

¡Ahora sí que es primavera!

 

         Y pasó cantando el aire de Abril, el de las aguas mil. Y un atardecer de comienzos de Mayo, cuando la golondrina revoloteaba persiguiendo a una gran mariposa anaranjada por los cielos del “Prao la Viña”, le llamó la atención una larga serpiente multicolor que por la carretera avanzaba. Y al acercarse a ella vio que se trataba de carrozas engalanadas y, tras ellas, majestuosa venía una Señora entre sonidos de campanillas y destellos de plata. La golondrina, atraída por su hermosura, revoloteó alrededor de ella y, sorprendida, comprobó que aquella Señora era la misma del manto verde, la misma del manto negro. Sólo que a ésta, por los “vivas” que oía, la llamaban Consolación. Y, al fijarse en el Niño que llevaba en brazos, reconoció en sus ojos al Hombre de la Cruz a cuestas, al Hombre en la Cruz clavado, al de la urna acristalada, al triunfante Resucitado. Y pensó, con honda emoción, que qué bien puestos estaban aquellos tres nombres que la Señora tenía y que todo lo decían: “Dolores, Esperanza y Consolación”.

         Y algo más tarde, cuando la golondrina descansaba en su nido, allá en su vieja cochera de la calle las Parras, oyó los “Vivas” y los “Guapas”. Y no acertaba a comprender por qué estaban todos tan contentos. ¡Si supieran lo mucho que habrían de sufrir esa Madre y ese Niño!

Y pensó que qué difícil es ser Dios y qué extraños somos los humanos.

Pasó Junio con sus espigas doradas y su segunda nidada ya emplumada. Llegó Julio con sus calores ardientes y encontramos a nuestra golondrina instruyendo a sus crías en el difícil arte del frenado en seco, de los arriesgados picados y del vuelo rasante alrededor de la palmera de la Plaza de la Espiga, entre las columnas del claustro de la Colegiata, a través de los vericuetos de las calles bajas, asomándose a la Vega por el mirador de la Cachaza. Surcando veloces la calle San Benito para ver quién llega primero a la ermita, la del campo, la de los rosales y eucaliptos. Beber en el Pilarejo sin detenerse ni zambullirse, rozando el agua con las alas y trazando surcos de plata.

 Y un atardecer, después de dar unas vueltas alrededor de la Parroquia atisbando por sus ventanas bordeadas de colores, tras alinearse todas en los cables, la golondrina les contó la historia de aquella Madre y aquel Hijo que había ofrecido a los hombres su dolor más grande y su perdón más universal.

Y las jóvenes golondrinas, curiosas como todos los animales de su edad, querían saberlo todo sobre aquella Señora y aquel Hombre de la Cruz. Y, todas a la vez, hacían mil preguntas: Que a quién señalaba aquel joven tan apuesto. Qué por qué llevaba aquel pañuelo grabado aquella joven tan bella. Que quién dormía bajo la Señora de negro. Qué a quién quería abrazar aquel hombre casi desnudo. Qué por qué la Patrona brillaba como una estrella…

         Y tanto alboroto armaron que uno de los vecinos, de nombre Conrado, extrañado se asomó a su puerta y escudriñó el cielo por si había indicios de tormenta, y al no encontrarlos se encogió de hombros y le dijo a Encarna, su mujer, asombrado: ¿Qué les pasará hoy a las golondrinas?

         Y un día del mes de Agosto levantaron el vuelo y atravesaron valles y montañas, mares y desiertos. Y en un perdido pueblo de la tórrida África siguieron con sus acrobáticos vuelos.

Y cuando paraban a descansar, en grandes bandadas, en las ramas de una acacia. Porque allí no había cables, ni de luz ni de teléfono. Cuando allí se reunían las golondrinas llegadas de diversos puntos de la vieja Europa y de la gran Asia, se contaban unas a otras cómo habían pasado su primavera y su verano. Y nuestra golondrina les contó lo que vivió y sintió aquella Semana Grande:

La de las palmas doradas,

la del Vía Crucis sangrante,

la mágica Madrugada

del morado Nazareno,

la de mujeres de luto,

con su Dolor y su Entierro,

y la del Cristo triunfante.

Y les habló de lo que había oído y le habían contado. Del mensaje de paz, del encargo de amor, del sacrificio de aquel Dios hecho Hombre.

         Muchas coincidieron en opinar que los humanos somos muy afortunados. Pero una de ellas, que en toda la reunión no había abierto el pico, dijo:

-¿Y de qué ha servido tamaño sacrificio? En el país de donde vengo los hombres se matan unos a otros. ¡Y dicen ser cristianos!

-Yo he vivido entre gentes que se envidian y se odian, discuten y sólo ven el mal en los demás. Todos creen llevar la razón.

-Y yo he visto a hombres que, por el deseo de poseer, explotan, engañan y roban. –añadió una tercera.

-En el país donde he criado derrochan a manos llenas, mientras que aquí, a nuestro alrededor, niños y ancianos mueran de hambre y miseria. –intervino otra que presumía de tener la más grande mancha roja en su frente.

Y, cuando lo crucificaron… ¿Dónde estaban los que antes le aclamaron? ¿Dónde estaban los que había curado: los leprosos, los paralíticos, los ciegos, los endemoniados? ¿Dónde están, ahora, los hombres cuando otros hombres los necesitan? –clamó la más impulsiva e inquieta, aquella que siempre volaba por delante de la bandada.

         Y desde lo alto de la acacia se oyó suspirar a una vieja golondrina que no sabía si, llegado el momento, tendría fuerzas suficientes para otro largo viaje:

-¡Ay, si el Hombre de la Cruz los viera!

-¿Y cómo va a verlos? ¡Si es de madera!  -dijo una golondrina que había nacido la temporada anterior en la buhardilla de una biblioteca y se las daba de letrada, progresista y moderna.

-Sí, tienes razón. –contestó nuestra golondrina, que había permanecido callada mientras se desataba el aluvión de invectivas contra los hombres- Es de madera. Pero tú no has visto con qué devoción, con qué reverencia miran los hombres a esa madera. Tú no has visto cómo se emocionan a su paso. Tú no has visto, como he visto yo, llorar ante esa madera.  Sí, hija mía, llevas razón, es de madera. Pero yo te aseguro que cuando rezan a esa Imagen, ellos no ven la madera.

        

Y henchida de emoción y para ocultar sus lágrimas, levantó su vuelo hacia el cielo, mientras era asaltada por una aguda nostalgia por aquel lindo pueblecito de las torres coronadas de azul, con sus calles largas y rectas, con sus calles torcidas y estrechas, con su parque y su glorieta, con su plaza de historia y piedra.

Y, al contemplar la luz ambarina del crepúsculo africano, imaginó cómo aquellos colores harían brillar las áureas potencias, la corona de espinas, la Cruz dorada.  Y su pequeño corazón deseó, con todas sus fuerzas, que llegase pronto la siguiente primavera.

         Y, mientras volaba, se preguntaba que por qué era tan complicado el hombre, que puede adorar a Dios a través de una imagen de madera y es incapaz de hacerlo a través de su propia imagen en carne y hueso.

Y pensó que qué difícil es ser Dios y qué desagradecidos somos los humanos.

 

         Y allá quedaron las golondrinas con sus gorjeos y sus trinos, discutiendo sobre el hombre y su destino.

 

         Y yo, gorjeando más que cantando, quiero unirme a sus trinos y decir a esa Imagen del madero, a Jesús el Nazareno:

 

 

 

 

 

Quiero y espero

Aunque seas de leño viejo

y tus espinas de plata,

yo te busco más adentro,

carne y hueso es tu estampa.

Aunque fuesen manos de hombre

las que tu Imagen tallasen,

aunque el paso de los años

tu encarnadura desgasten

y en la capilla tus ojos

de contemplarme dejasen.

Aunque no quedase nada:

ni manos ni pies descalzos

ni tus heridas sangrantes

ni tu rostro sosegado

ni espinas en tu corona

ni potencias hacia el cielo

ni la cruz a la que abrazas

ni velas ni nazarenos

ni la túnica morada

ni sudor de costaleros