Camareras.

1.991

 

Han sido, y espero que sigan siéndolo aún durante bastantes años, muchas las veces que he visto pasar ante mí la Imagen de nuestra Virgen. Y no pocas las que he tenido el placer y el honor de meter el hombro bajo sus varales y sentir su celestial peso.

Y también, en muchas de estas ocasiones, me ha asaltado una pregunta. O muchas: Y esto, ¿quién lo hace?

¿Quién elige un manto para la Virgen, según esté en el camarín, en su capilla de la parroquia, o sea para el camino?

¿Quién cuida de estos ternos para mantenerlos limpios y disponibles para su uso en todo momento?

¿Quién viste, prepara y cuida a nuestra Patrona, que no le falta detalle?

¿Quién va al Santuario en frías y tristes tardes de invierno, a arreglarla un poquito y da a nuestra Virgen, y recibe de ella esa compañía que tan bien nos vendría a todos durante el año completo?

Poco a poco, las informaciones que obtenía me fueron dibujando difusamente el perfil de estas personas: son las Camareras de la Virgen.

Mujeres de diversas edades y clases sociales a las que, por una circunstancia u otra (aún no sé como se eligen) ha cabido el honor de volcar su cariño hacia la Virgen de Consolación a través de esas operaciones por las que antes nos preguntábamos y que, en un hermoso anonimato -sus nombres suelen ser poco conocidos- cumplen en todo momento una labor insustituible.

Me recuerdan aquellas mujeres que quedaron plasmadas en el Evangelio por haber dado a Jesús el agasajo y el consuelo de que eran capaces: María Magdalena, la Verónica...

Y, más aún, a aquellas otras cuyos nombres no han llegado hasta nosotros, pero que supieron dar a la Madre de Dios compañía y consuelo en sus momentos más solitarios y tristes. Porque, como éstas y aquellas, alguien colocó el manto a aquella María sufriente camino del Gólgota, o pasó un pañuelo por su rostro para limpiarlo de polvo y lágrimas en aquella dura prueba. O a aquella pastora mayor y veterana que quizás acariciase la mejilla helada y temblorosa de la María parturienta primeriza y asustada, en el frío y oscuro establo de Belén.

Y me traen a la imaginación a alguna anónima vecina de Nazareth, que más de una vez debió echarle una mano a María, que volvía del pozo con el cántaro a la cabeza y el Niño colgado de las faldas...

Hace algún tiempo conocí a una de ellas. Me han hecho Camarera de la Virgen, me dijo apenas me vio, casi sin mediar más palabra. No resultaba difícil imaginar lo que pasaba por su mente en aquel momento. Posiblemente, el haber sido madre y aquella eran las dos cosas más importantes y positivas que habían ocurrido en su vida. Le brillaban los ojos de una forma intensa y extraña. Y la satisfacción le salía por todos los poros de la piel. Creo que cambió todo en ella.

Y cambiada volvía del Santuario. Realmente, parecía otra. Volvían a brillarle los ojos y notársele aquella alegría y satisfacción tan especiales. Eso sí: nunca soltaba prenda. Lo más que decía: Le hemos puesto el manto blanco o las flores estaban casi frescas. Eso era todo.

Llegué a la conclusión de que tan positiva experiencia debería alcanzar a todas las mujeres de mi pueblo que la deseasen. Aunque haya camareras fijas, que son imprescindibles, creo que a toda joven o mujer que lo deseara y pidiera, debería dársele la oportunidad de ser, al menos un día en su vida, Camarera de la Virgen. Ahí queda la idea.

Así se valoraría más la tarea callada y gratificante de cuantas mujeres lo han sido, son o están deseando serlo.

Porque ellas sí son romeras de una vez. Me viene a la memoria la letra de una estrofa de sevillanas que, con un ligero retoque personal, dirían:

No puede ser buen romero

quien no ha visto a la Patrona

en una tarde de invierno,

cuando está la Ermita sola...

Gracias por vuestro trabajo. Por el cariño que volcáis en todo el pueblo a través de la Madre de todos.

Y por hacerlo en silencio, calladamente.

Es vuestra mayor grandeza, Camareras.