Diálogo de la lechucilla.

2004

 

 

 

 

Por el olivar

se vio a la lechuza

volar y volar...

 

-Lechucilla...

-¿Qué deseas, Madre?

-¿Cómo se te ha dado hoy el día?

-Mal, Madre. Ha llovido poco y apenas se encuentra qué comer en el campo.

-Van haciendo falta otra vez las rogativas...

-Sí. Y, además... ¡qué frío hace, Madre Mía!

-Anda, acércate. Ten cuidado, que está oscuro. ¿Sigues entrando en la ermita por el mismo sitio?

-Sí. Esa torre a la que tanto les gusta subirse a algunos a repicar las campanas, tiene un huequecito que me viene muy bien para “colarme” y pasar las noches aquí. Ya sabes que veo bastante bien en la oscuridad. Oye, Madre, María de Consolación...

-Cuando me dices el nombre completo es que me vas a pedir algo, lechuza...

-Sí. Es que tengo hambre... ¿Me dejas beber un poquito del aceite de tu lamparilla?

-Pues claro, pobrecita. Anda, bebe. Lo que no sé es qué van a pensar las Camareras cuando vengan, al ver que se gasta tanto. Y procura no ensuciar, que me parece que las tienes un poco “moscas”.

-Te gusta que vengan tus Camareras, ¿eh?

-Pues sí. Dan mucha compañía y mucho amor. En ellas siento el calor de todos mis hijos de Castellar. Y a mí también me gusta que me cuiden y me pongan guapa. No olvides que soy mujer.

-Ya. Y Madre de Dios ¡Casi “ná”!

-Pero aquí me tienes. Sola la mayor parte del año. Con el único consuelo de mi Niño, que míralo qué dormidito está. Por muy Dios que sea, sigue siendo Niño. Y con tu compañía, lechucilla, que nunca me faltas...

-Sí, Madre. Pero es que Tú eres el Consuelo... Oye, me he dado una vuelta por Castellar.

-¡Dime, dime!... ¿Qué se cuentan mis hijos? ¿Cómo les va?

-Pero María de Consolación, si Tú lo sabes todo...

-Es verdad, lechucilla. Pero me gusta que tú me cuentes cosas. Las ves de otra manera. Anda, dime...

-Pues ahora están contentos. La cosecha ha sido buena y tienen su aceituna ya en las fábricas. Durante la campaña ha habido dinero, se han echado jornales... Espero que no me falte aceite que beber en la lamparilla.

-¡Tú siempre pensando en lo tuyo, lechuza! ¿Eso es todo?

-No. Siguen siendo un poquito egoístas y bastante cabezotas. Aunque, en el fondo, no son mala gente. Y siempre están pensando en Ti.

-Eso ya lo noto. ¿Tú no sientes siempre en la ermita como un murmullo y un aroma a flores frescas?

-Pues mira, Madre, ahora que lo dices... creo que sí. Pero yo creía que eras Tú.

-Son ellos, lechucilla. Son sus oraciones. Son sus miradas a mi estampa, mi cuadro, mi medalla, mis imágenes que todos tienen en sus casas... Ese “¡Madre mía!” de los momentos felices o tristes. Y me llega de modo muy especial esa oración y el recuerdo de aquellos que ahora ya no viven en el pueblo. En el fondo, aunque lo esté, no me siento tan sola.

-Ya va faltando menos para que aparezcan en Romería... ¿A que tienes ganas de verlos?

-Los veo con frecuencia, porque ya sabes que algunos vienen por aquí de vez en cuando. Pero sí, esos días me gustan de forma muy especial. Me encanta, sobre todo, mirar los ojos de los niños en la ofrenda de flores...

-Sin embargo, otros, Madre, están en tu Romería sólo para comer y  beber. Y ni aparecen por aquí...

-A esos también los siento, lechucilla. Y los quiero igualmente. Y me alegro de tenerlos cerca, con sus familias, con sus amigos, congregados, disfrutando cerca de Mí.

-En fin, pronto estarás en el pueblo...

-Deseando y temblando estoy. Lo de “deseando” no hay necesidad de explicarlo...

-¿Y lo de “temblando”?

-Pues mira: es que no me gusta que paren durante el camino a los hombres que me llevan para que otros y otras se luzcan...

-¿?

-Ni que me den ese traqueteo, esa paliza infame a que me someten a la entrada...

-¿Y eso, Madre?

-Son modas consentidas. En vez de la música del himno tengo que escuchar una charanga. Y entrar de noche cerrada. ¡Con lo que a Mí me gustaba llegar cayendo la tarde, aún con luz del día, y escuchar mi himno desde la Cruz de Piedra hasta la iglesia!

-Eran otros tiempos, Madre de Consolación.

-Sí, lechucilla. Yo lo soporto todo por amor a mis hijos, pero... en fin, en estos meses te echaré de menos.

-Te equivocas. Me voy contigo. Ya encontraré un huequecillo por donde colarme y allí seguiremos con la charla. Ya verás.

-Ten cuidado, que la parroquia es otra cosa. Anda, ahora ven a dormir. Y no te quedes en el suelo, que está muy frío. Acurrúcate aquí, entre mi pecho y el Niño. Los dos te daremos calor...

-¡Qué buena eres, Madre mía! Me gustaría encontrar una flor y traértela.

-¿En invierno? Calla, lechuza, y duerme.

-¿Tú no duermes, Madre?

-No. Yo podré cerrar los ojos alguna vez, pero sigo despierta. Siempre velando el sueño y las oraciones de mis hijos en Castellar y en todo el mundo.

-Buenas  noches, Virgen de Consolación. Mañana te buscaré un regalo.

-Gracias, lechucilla, criatura de Dios. Duermeee...

 

Por el olivar

se vio a la lechuza

volar y volar.

 

A Santa María

un ramito verde

volando traía...

 

 

Los versos –ya lo habrán adivinado muchos- son de Antonio Machado.

Pido disculpas –sé que las tengo- a la Virgen de Consolación y la lechucilla que le hace compañía en sus largos días y noches de soledad, por haber sido indiscreto en sus conversaciones. En realidad, no he pasado ninguna noche en el santuario ni he puesto “la oreja” en ningún sitio.

Estas cosas se perciben por muy lejos que esté uno...

y nunca se escuchan con el oído...

siempre con el corazón.