Pregón de la Romería

de la Virgen de Consolación.

Castellar, 30 de Abril de 1993

 

Al asumir la responsabilidad de hacer este Pregón de mi Virgen y a mi pueblo, lo primero que se me planteó fue el buscar un tema que sirviera de eje y que diera cohesión a cuanto estaba dispuesto a decir. Repasando los pregones de otros años, fui dándome cuenta de que la historia, los recuerdos de juventud, e incluso la poesía o la glosa de una oración -¡inolvidable trabajo el del año pasado!- no se podían repetir. Habían sido tratados anteriormente, y de forma magnífica, por cierto. Aunque no fuera esa mi intención, era casi imposible superarlos. Se podía aplicar perfectamente el contenido de aquellos dos versos que escribió el gran poeta Juan Ramón Jiménez cuando creía haber hallado la belleza total y absoluta en su lírica:

 

¡No la toques ya más,

que así es la rosa!

 

Y se quedan las palabras huecas y vacías. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Y... ¿cómo lo escribo?

 

¿Qué le digo yo a mi Virgen

que no le haya dicho nadie,

si, por mucho que le diga,

"tó" es poco para cantarle?

 

Escribes algo y luego lo rompes. Llegas a rezar... Pero nada: no se te ocurre nada. Te quedaste en blanco y no hay nada que hacer.

Un día, hojeando la revista Consolación de hace un par de años, pasa ante mis ojos algo que escribí por entonces, dedicado a las Camareras de la Virgen. ¡Con cuánto cariño lo hice! ¡Y con cuánta prisa! Aparecen cuatro versos que había sacado de un cante:

 

No puede ser buen romero

quien no ha visto a la Patrona

en una tarde de invierno,

cuando está la ermita sola...

 

Volvió de nuevo a mi memoria aquel Pregón del año pasado que, en otros magníficos versos, decía:

 

...todo es rezar -¡Y hay gente que no reza!

 

Pero, entre tantas definiciones -¡qué maravilla!- de lo que es rezar, me pareció que faltaba una:

Rezar es cantarte con el alma...

Y, si algo se hace bien en esta Andalucía nuestra a la que alguien que, según Antonio Machado (¡Qué bien los nombres ponía...!), llamó con justicia la Tierra de María Santísima... de María Santísima de Consolación, de la Cabeza, de la Estrella, del Rocío, de Linarejos... pero siempre la misma Virgen, la misma María...

María Santísima de Consolación para nosotros;

 

si algo se hace bien, repito, en esta tierra de poetas, de músicos y cantores, y de cantaores, es cantar. Y mejor aún si en el cante y en el poema de la letra va el alma. El alma y la vida. Porque también se reza cantando:

 

Aunque tenga mi garganta destrozada,

te cantaré.

 

Aunque venga del camino muy cansada,

a verte iré...

 

Cantaré,

pondré el corazón y el alma

en mi plegaria,

 

te rezaré cantando,

Madre del Alma...

 

¿Por qué no?

 

Te rezaré cantando... Madre del Alma.

 

Serán mis palabras de hoy, mi llamada a la gran fiesta del amor y del sentimiento en mi tierra, un homenaje, entre otros, a aquellos que, desde el más sonoro y popular medio de comunicación hasta la humilde y alegre reunión de amigos, nos han enseñado a poner en la Virgen, en nuestra Virgen, el amor, la pena, el agradecimiento, la súplica... Y a decírselo de una de las formas que más debe gustarle: con una canción...

Porque quien canta, reza dos veces.

Y por eso debo, al iniciar este mi Pregón, tener un gesto de reconocimiento para cuantos me ayudaron a inspirarme y me emocionaron tantas veces con las letras de sus composiciones. Son muchos y famosos y citarlos aquí sería largo, con el riesgo, además, de olvidar involuntariamente a alguno. Pero estoy seguro de que iréis identificando sus trabajos conforme vayan apareciendo en el mío.

También quisiera hacer patente mi agradecimiento a cuantos confiaron en mí para llevar a cabo este Pregón: A todos, Junta de Gobierno y devotos de la Virgen, cofrades o no, mi más sincera gratitud.

Y a todos vosotros, por supuesto, muchas gracias por vuestra presencia en este acto.

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¡Pensamiento mío,

 vete a buscarla!

 

¡Vete a buscarla, pensamiento, sentimiento, alma, emoción, vida mía!

Mira que ya llegó la Primavera.

Que, de nuevo, los verdes, azules, granas y amarillos, en todas las gamas y matices del arco iris, empiezan a ensayar mezclas y tonalidades para ofrecerle el más puro y hermoso de los mantos.

Que los pájaros, los insectos, las fuentes y los arroyos, y hasta el rumor de la brisa entre las hojas de los olivos, ensayan la más perfecta, sonora y sublime de las sinfonías: el himno más vibrante.

Que despierta la Naturaleza por Ella. Y para Ella.

Para la Virgen:

María Santísima de Consolación,

la Patrona de Castellar,

nuestra Madre,

nuestra Reina,

nuestra Señora.

Que, al final del túnel del invierno, hemos empezado ya a ver su luz, y la esperanza de encontrarnos de nuevo con Ella hace que pidamos a nuestras almas, más ligeras y espirituales, que se adelanten por el atajo del cariño a nuestros cuerpos mortales, lentos y trabados. Por eso, desde aquí, a algunos kilómetros en la lejanía, pero tan cerca en nuestros deseos y en nuestro amor, todos damos desde el interior esa orden grande y sentida, con tal de encontrarnos ya, muy pronto, a su lado.

Y enviamos por delante lo mejor que tenemos, cual paloma mensajera, repitiendo una y otra vez:

 

¡Pensamiento mío,

vete a buscarla!

 

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Porque fue larga la espera. Y aunque el último haya sido un invierno muy especial, no ha dejado de ser eso: una época triste y gris. Sobre todo, por tu ausencia, Madre Nuestra.

¡Cuántas tardes, cuántas veladas, cuántas noches, ante la negrura y el frío, habremos evocado tu recuerdo, Madre de Consolación!

¿Quién no te imagina en tu soledad de la Espinosa, únicamente alterada por alguna esporádica visita de tus hijos o de las Camareras que van a cuidarte?

¿Y quién no siente como... desazón, al saber a la Virgen sola mientras la lluvia o el viento golpean los cristales en las ventanas de la ermita?

Y mientras eso ocurre, Madre,

¿qué ves?

¿qué sientes?

¿en qué piensas, María de Consolación?

¿Piensas, acaso, en los problemas, en las penurias y miserias, en la salud física y espiritual, en las oraciones y peticiones que el viento arrastra hasta Ti desde el corazón de tus hijos?

 

Cuando las penas nos pesan

como noche sin aurora,

¿dónde pones Tú los ojos?

¿en qué piensas Tú, Señora?

 

Pones los ojos en tu Hijo Jesús -el que nunca te niega nada, me enseñaron de chico- y, desde el silencio de tu camarín, elevas hasta Él nuestro agradecimiento y nuestras peticiones, muestra ilusión y nuestro cariño...

 

Cuando sólo te acompaña

el aroma de las flores,

¿dónde pones Tú los ojos,

Locura de los Pintores?

 

Locura de los Pintores...

Estrella de la Mañana...

Salud de los Enfermos...

Refugio de Pecadores...

Consoladora de los Afligidos...

Consoladora... ¡Consolación, Madre Nuestra!

Gracias, Madre, por poner tus ojos en este Castellar, tu pueblo, desde la distancia y a pesar de ella.

Tú sabes que también lo nuestros, nuestros pobres ojos humanos, están puestos en Ti en todo tiempo y espacio.

Y que, si alguna vez sientes que esos ojos de tus hijos de Castellar dejan de verte, es porque te añoran, te echan de menos y...

se han arrasado de lágrimas con tu recuerdo, María,

y lloran por Ti, Madre de Consolación.

 

=====

 

Pero ya, una vez enjugadas las lágrimas, estamos en el momento de ponernos en camino. Porque, con la Primavera, nos llega la Romería y, con ella, nuestra Virgen, nuestra Madre de Consolación.

 

Mayo nos llama a la puerta:

Pájaros madrugadores

nos levantan con los trinos

con que cantan sus amores.

 

Vida y savia nuevas corren;

hombres, plantas, animales:

 

¡Despertad ya del letargo,

que empieza el mes de la Madre!

 

Cambió por un cielo puro

la tristeza de otros días,

y ofrece el más bello azul

como el manto de María.

 

Y las flores del camino,

que con ser romero sueñan,

ya desean morir cortadas

para adornar a su dueña.

 

Las flores del camino...

de ese camino que tanto conocemos. Que hemos hecho desde pequeños... En el que echamos al aire el primer cante y tomamos el primer trago de vino y... ¿quién lo niega? Posiblemente, hasta sentimos o lanzamos la primera mirada de amor...

Ahora, ya -¡adelantos del progreso y de la comodidad!- casi ninguno hacemos aquel camino andando...

Pero, ¡qué hermoso era!

¡Cuántos recuerdos!

Aquellos que tienen más o menos mi edad lo saben muy bien. Porque, a pesar de que la mecanización acabe con esta costumbre y aporte nuevas ventajas, todos seguimos recordando los momentos del viejo camino:

 

Camino que andando hicimos,

recuerdo de los mayores,

que no fue sólo un paseo

para un Triduo de oraciones...

 

Que, yendo a Consolación,

nacieron muchos amores,

maduraron compromisos,

se cuajaron ilusiones...

 

Y sigue siendo nuestro camino. Porque si, como hemos dicho antes, ya casi no dejamos sobre él nuestras huellas, está en nuestros labios muchas veces: en los cantes de nuestra tierra:

 

Del alba al atardecer

yo voy cruzando caminos:

Al alba, la brisa fresca,

y, al atardecer, los pinos.

 

O:

 

Por los caminos de Mayo,

a la ermita, paso a paso,

van romeros a caballo

y van romeros descalzos...

 

Y van romeros descalzos...

Aún lo siguen yendo. Por nuestro viejo carril se ven, ya menos, personas a las que podríamos decir...

 

Pisada, polvo y arena,

trae descalzos los pies;

unos dicen que es promesa

y otros, que es su manera de ser...

 

¡Ay, romero o -casi siempre- romera descalza por tu promesa! Me gustaría poner a tus pies

 

Una alfombra de flores

por el camino,

que te sirva de lecho,

¡ay, peregrino!

 

Pero, desde lo hondo de tu sufrimiento y en la profundidad de tu mirada, peregrino, peregrina, cuando alguien te ha ofrecido alguna clase de ayuda, ya respondes tú con otro mensaje:

 

Esa cadena de flores

ya me perfuma el carril:

la Virgen de mis amores,

que es una flor de alhelí.

 

Y así, por este camino de ilusión y de esperanza, por este carril que debería ser la guía para nuestra vida, y plantearnos el recorrerlo con el único objetivo de alcanzar, como la ermita, la Gloria Eterna, y en las dos, a nuestra Madre, María de Consolación, vamos pasando todos, cada uno a su manera:

 

Hay gente que hace el camino

en silencio y por promesa,

hay quien canta y bebe vino

y también gente que reza.

 

Y no quisiera terminar mi recorrido, no quisiera tomar esa última curva desde la que se divisa la blancura de la ermita o se escucha el canto de su campana, sin dedicar un tierno recuerdo a quienes en otro tiempo lo andaron o, como mucho, lo hicieron sobre la albarda de algún mulo. Y que, tras ponernos en él a nosotros, es posible que lleven ya mediado el camino de su vida, después de haber concluido muchas veces el de Consolación.

 

=====

 

Porque el ser buen romero y devoto de la Virgen se puede aprender. Pero, más bien, se lleva en la sangre. Se vive. Y si me permitís lo coloquial de la expresión, se mama desde chiquitillo.

Por eso, la devoción y la romería podrán ser orgullo de todos, pero aún más y muy especialmente, de quienes nos criaron en su cariño:

Y nos daban a besar la estampa o la medalla de nuestra Virgen de Consolación,

y nos bajaban a visitarla en su Capilla, a la caída de las tardes de verano

y se sintieron orgullosos de nosotros la primera vez que fuimos capaces de dar un ¡Viva la Virgen! o de entonar a duras penas, con nuestra lengua de niños, alguna estrofa del himno...

Que no cabían en sí en cada ocasión en que nos vieron bajo los varales y se repetían, ebrios de satisfacción: Ahí va mi Virgen. La lleva mi hijo. Tengo que hacerme a la idea de que ya hay otro hombre en la casa...

Quiero, por nuestros mayores, que, en este momento, mi canto a la Virgen se convierta en agradecimiento, en homenaje en vida o ausencia, en oración, en plegaria por ellos.

Por todos los mayores.

Por los que esta tarde me escuchan. O los que se quedan en casa, bien a su pesar, por culpa de los achaques. O los que... en mejores lugares que este mundo puedan, en justicia, sentirse orgullosos de nuestra devoción a la Virgen.

Porque supieron mantenerla en sus almas.

Porque sembraron en nosotros su divina semilla.

Y, con sus cuidados y consejos, la vieron fructificar y ahora la tienen delante. Porque es lo mejor que nos dejaron. Y ojalá seamos nosotros tan capaces de mantenerla y trasmitirla como lo hicieron ellos.

 

Una plegaria romera,

por quien me enseñó el camino

de María.

 

La que me enseñó la Salve,

a pedir con Fe y rezarle,

que, con Fe todo se alcanza:

"Dios te Salve, Reina y Madre,

Madre de mis esperanzas".

 

El que me subía a sus hombros

"pa" que la viera de lejos,

que era chico y no podía,

y el que, cuando fui más grande,

bajo el paso me metía.

 

Debajo de lo varales,

hombro con hombro conmigo,

fuimos dos hombres iguales:

fuimos como dos amigos

que llevan la misma sangre...

 

Después de tantos caminos,

años de trocha y vereda,

se hizo viejo el peregrino

y ya no pudo siquiera

salir a la Cruz de Piedra.

 

"Un consejo antes de irte":

-Él me lo dijo llorando

y yo se lo he "prometío"-:

"Quiero que la quieras tanto

como siempre la he "querío"...

 

Es que no hace falta prometerlo. Os llevamos a todos en el alma. A la Señora y a vosotros. Y ante mi Madre de Consolación y por todos, seguiremos elevando siempre

 

Una plegaria romera,

¡Ave María!

 

=====

 

Pero ya vamos llegando. Ya te vemos a lo lejos, Madre, esperándonos a la puerta de tu ermita. Con impaciencia. Con amor. Como se espera al mejor amigo. Como se espera a un hijo. A la puerta de tu casa. Para ofrecérsela, para entregarle con ella lo mejor que se tiene.

Y para recibir, también, el amor del que llega.

Madre de Consolación:

¡Cómo envidio a esos niños que, en lo más puro de su inocencia, avanzan a tu encuentro con un ramo de flores en la mano y la alegría en el brillo de sus ojos!

¡Qué hermoso, María, es acercarse a Ti en el mejor de los templos, en la más bella de las ermitas, en la que nuestros pies caminan sobre la fresca hierba y no hay más techo ni cúpula que la pureza del cielo azul, que parece que un Dios Padre, un Creador ilusionado lo pintara para la Madre de Jesús!

¡Qué momentos tan íntimos cuando, alejado el bullicio, nos encontramos un rato contigo y te contamos todo eso que teníamos gana de decirte porque en este tiempo sólo habíamos podido hacerlo desde lejos!

¡De qué forma tan distinta se ven las cosas, Madre, allí, a tu lado, sintiendo de cerca el olor de las flores que te rodean, o la caricia, en las manos, de la orla de tu manto!

 

¡Momentos junto a mi Virgen,

los más dulces de una vida!

 

Contarte, por ser sincero,

que ya no soy joven, Madre,

que voy perdiendo ilusiones

y fe, y empuje, y aguante.

 

Que nos duelen las espaldas

o un pie llevo renqueando,

que tengo tocada el alma

y lloro de vez en cuando.

 

Se espera mala cosecha

y cruzamos peores tiempos:

de sequía para el campo

y sequía de buen ejemplo.

 

Que me han crecido los hijos

y del nido a volar salen

¿qué sociedad les espera?

¡Qué miedo que paso, Madre!

 

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Y alzar hacia Ti los ojos

al terminar de rezarte

y encontrarme con los tuyos

y con el alma escucharte:

 

“Ya me alegré mucho al verte

con los tuyos visitarme...

¡Venga, no aflojes ahora,

no te aflijas ni acobardes!

 

¿Dónde están esas agallas

cuando te veo en los varales?

Coge fuerte el de la vida,

mete el hombro y ¡adelante!

 

Que, aunque no te lo parezca

y estés próximo a entregarte,

¡aguanta, que anda muy cerca

tu Virgen Madre amparándote!”

 

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Y te calmas. Más tranquilo,

recuperas el aliento,

se va cerrando la herida,

queda el ánimo contento...

 

¡Qué bien que me haces Tú, Madre,

en esa oración sentida!

 

¡Momentos junto a mi Virgen,

los más dulces de una vida!

 

Acerquémonos a la Virgen. Porque Ella nos lo da todo: Ánimo, consuelo, amor... y algo de eso, por poco que sea, también espera de nosotros nuestra Madre de Consolación.

 

Y aunque sea sana la fiesta

entre la copa y la copla,

¡Que haya un romero con Ella!

¡Que no esté la Virgen sola!

 

Así pasarán estos días y estas noches junto a la fogata:

 

Después de un año de espera,

por fin llegó la ocasión

de recordar, junto al fuego,

cosas del año anterior...

 

Días y noches de compartirlo todo: comida, humor, alegría, oraciones... Días en que la envidia y el rencor deberían echarse al pozo del olvido, quizás para siempre...

 

Que no hay por allí "apellíos",

ni dinero, ni caudales;

que, al pie de tu altar, Señora,

somos, Madre, "tós" iguales.

 

Vivamos, por ello y por Ella, estos días en paz con Dios, con la Virgen y con los hombres y mujeres que lleguen hasta nosotros, preparándonos todos jubilosos para el camino de vuelta.

Porque no volveremos solos.

Vendrá con nosotros nuestro tesoro más preciado:

Nuestra Madre de Consolación.

¡Qué caminar el de vuelta, cuando no te duele el hombro, cuando las campanillas del trono parecen el eco del júbilo de los corazones que rodean a la Virgen, pletóricos de alegría y embargados de emoción!

 

"Agarrao" a tus varales,

María, te voy rezando;

¿"pa" que quiero catedrales,

si yo te rezo llorando?

 

Y llorando, o cantando, o riendo, o rezándole a nuestra Virgen,

 

pasaremos por las Pilas.

la cuesta de Ballesteros,

quedan atrás Los Navazos

y el viejo Pozo Maestro,

y en el  Prado de la Viña,

con el ocaso postrero,

termina la marcha, Madre.

¡Ya estamos llegando al pueblo!

 

¡Qué subida, Madre de Consolación, en la que no pesan tus andas, por una cuesta que ya no lo parece!

¡Qué Salve, la de la Cruz de Piedra, donde los destellos de tu aura se prolongan en el brillo de las lágrimas que corren por las mejillas de tus hijos, y de las estrellas del cielo, que no han querido perderse este momento!

¡Con qué ilusión te esperaban, María de Consolación!

¡Cómo han engalanado sus calles para Ti, porque Tú te mereces ese trabajo, la imaginación y la buena fe de sus gentes!

 

¡La Gloria empieza en mi pueblo

cuando se muere la tarde,

cuando, a primeros de Mayo,

nos traes tu Consuelo, Madre!

 

¡Calles de la Fuente, de la Virgen de Consolación, Plaza del Ayuntamiento, bajada de la Iglesia, embellecidas para Ti, Virgen de Consolación! ¡Con qué ganas de aguardaban! ¡Qué largo se les ha hecho este año de espera para volverte a ver entrar a tu casa, a tu pueblo, por delante de su puerta, desde la altura de sus balcones!

 

Por la calle La Fuente

van los romeros,

caballistas, carretas,

rumbo y salero.

 

Encalada, serena,

cristiana y resplandeciente,

esa calle está llena

de gracia y de buena gente...

 

Calle Virgen de Consolación...

 

Calle que tienes el nombre

de la Virgen de mi tierra:

Consolación tú te llamas,

Consolación también ella.

 

Mira esa Virgen que avanza

visitando tus balcones,

por recibir de la altura

vivas, lágrimas y flores.

 

Por vosotras, calles de mi pueblo, camina la Madre en volandas de sus hijos, sintiendo subir hacia Ella el calor de tantos corazones emocionados mientras, desde lo alto, recibe

 

la nieve multicolor

que no desciende del cielo,

sino de mano infantil

que esperaba este momento.

 

Y te dan la bienvenida, Reina y Señora,

 

las flores que, con su muerte,

te ofrendaron su belleza:

Tributo de amor ¡oh Madre!

en aras de Primavera.

 

Silencio emocionado de la plaza, mientras el párroco desgrana la bienvenida oficial... ¡Cuánta añoranza! ¡Cuánta evocación!

Vuelve a nuestra memoria el amigo que no ha podido venir. Ese familiar que, hace unos minutos, con la voz quebrada, nos decía por teléfono: "Lánzale a nuestra Virgen un ¡¡viva!! y un beso muy fuerte, de mi parte... Y dile que este año no ha sido posible y me he tenido que quedar acá lejos..."

 


 

El que, triste y solitario,

del balcón en la baranda,

soñará mirando al cielo

y aguantándose las lágrimas.

 

Ese corazón lejano,

que no grita, que no canta,

y sufre, con amargura,

duro nudo en la garganta.

 

"Ya estará en la Cruz de Piedra

y le habrán cantao la Salve;

estarán tocando el Himno...

vibrará un ¡viva! a la Madre..."

 

¡Que tengamos siempre todos,

en la emoción de esa tarde,

un pellizco en nuestra alma

por UN paisano que falte!

 

También, en uno de esos momentos mágicos y misteriosos como se viven dentro de cada alma, es posible que tu mirada y la de la Virgen se encuentren y, en un relámpago de recuerdo, sientas como si te preguntase por los que ya están en el Cielo con Ella, como tan poéticamente expresa la revista de la Cofradía.

Pues, si al levantar tus ojos, te encuentras con esa pregunta en los de la Madre, con el interrogante por la ausencia reciente y dolorosa de quien, aún el año pasado la recibía contigo, no lo dudes:

Cuéntale a la Virgen tu soledad y tu pena, y evoca su recuerdo a través de Nuestra Madre de Consolación:

 

No me preguntes por él,

no me preguntes por ella:

sabes bien que no ha "venío".

Sin quererlo, se nos fue

por un camino distinto

para nunca más volver...

 

¡Ay, pobre de mí,

que en todas partes lo veo,

que en todas partes la veo,

que presiento que está aquí,

que quiere volver conmigo

a ver la Virgen venir!

 

Y sentirás que nuestra Madre de Consolación es, sobre todo, eso: Consuelo...

 

Consuelo para el que llora,

Consuelo para el que reza,

para el pobre, el marginado,

el enfermo de tristeza...

 

Y con ese Consuelo, con esa calma interior y esa esperanza renovada, tras dejar a Nuestra Madre de Consolación en la Parroquia, se irán vaciando las calles y cada cual buscará el descanso con el cuerpo y el alma rendidos por la alegría o la emoción...

Y nuestro sueño será feliz y tranquilo. Si bien la Virgen, esté donde esté, nunca nos falta, a partir de esa noche la tendremos más cerca, casi entre las paredes. Y nos sentiremos amparados, como expresaba extraordinariamente aquella carroza que, hace algunos años, representaba a este pueblo bajo la sombra protectora del manto de nuestra Patrona.

Más de un niño pequeño, de los que aún tienen el alma intacta y pura, habrá sentido, antes de dormirse, dos besos: el de su madre de la tierra y el de su MADRE con mayúsculas: el de su VIRGEN DE CONSOLACIÓN.

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Habéis oído en esta tarde y en otras ocasiones, letras de cantos diversos, copiadas literalmente o retocadas y modificadas según el caso.

Casi todas eran de sevillanas. Pero ésta que, desde el primer momento, tuve reservada para la despedida, es de una vieja jota aragonesa y quedaría así:

 

El que, al oir "¡Viva la Virgen!"

con un "¡¡Viva!!" no responde,

si es hombre, es que no es de aquí;

si es de Castellar, no es hombre.

 

Por eso, y con toda nuestra alma, señoras y señores:

¡Viva María Santísima de Consolación y su Hijo Santísimo!

¡¡Viva la Patrona de Castellar!!

¡¡¡Viva Nuestra Madre!!!

Muchas gracias por todo.