A María de la Esperanza.

1.998/2004

 

 

Madrugá...

 

Ya amanece Viernes Santo,

con Jesús, mi Nazareno,

caminante hacia el suplicio,

entre dolor y silencio.

 

Madrugá...

 

Bajo túnica morada,

mutismo y recogimiento.

Penitentes con un Dios

de pena de muerte reo.

 

Madrugá...

 

Mas no estamos, Señor, solos

como en otras ocasiones,

que el azahar de tu Madre

inunda los corazones...

 

¡Esperanza mía, bendita!,

¡Consuelo de Vida eterna!,

¡Esperanza, Dolorosa!

¡Madre que calma mis penas!

 

¡Qué duro debe de ser,

entre llanto y alma rota

escoltar a un Hijo Dios

sumido en plena derrota!

 

Bello dolor en tu rostro,

espejo fiel y profundo

de tanta madre penando

que camina por el mundo...

 

Porque Jesús Nazareno

que aún luchará con la muerte...

¡la vencerá, porque es Dios,

y triunfante habrás de verle!

 

Pero hoy los enemigos

no son judíos ni romanos,

ni hipócritas fariseos,

ni sayones o lacayos...

Que, como Tú, en esta vida,

sanos hijos entregamos

mas tememos su caída

y no poder levantarlos.

 

Becerros de oro: dinero,

paro, droga y egoísmo

nos quieren volcar el pulso

¡quieren matar nuestros hijos!

 

Y ante el miedo que produce

la impotencia de evitarlo

¡Esperanza, Madre Nuestra,

deja que a Tí recurramos!

 

¡Que mirarnos en tus ojos,

dejar la vida en tus manos

sea cántico de consuelo

que rezando te elevamos!

 

¡Toma el dolor silencioso

que amarga la boca deja,

pero dame, Madre, fuerzas,

para afrontarlo sin queja!

 

Como Tú, Virgen callada,

sin gemidos ni lamentos,

aunque duela más sufrir

en silencio, muy adentro.

 

Esta Pasión de tu Hijo,

que llorarás pronto muerto

sea por Tí, Madre Bendita,

Salvación para los nuestros.

 

Y labios de devoción

te canten esta alabanza:

¡María les dio Esperanza

y su Hijo, Redención!