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El viejo
nazareno.
1.991
Probablemente, algo
parecido a esto haya sido el último pensamiento de muchos hermanos
cofrades viendo nuestra Imagen en la calle y antes de sentir a Jesús
de otra manera, una vez traspasado el umbral de la eternidad.
Espero que así siga
siendo y que Nuestro Padre Jesús nos dé tiempo a todos a evocar
estos sentimientos en el momento de la muerte. Pero, sobre todo, que
nos deje ese tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados.
Por favor, señala un alto,
baja el trono, costalero,
ahí mismo, junto al balcón
desde el que, triste, contemplo,
con llanto en mi corazón,
el paso del Nazareno.
Porque, hace ya largo rato,
los tambores sacudieron
las sombras en esta noche,
arrancándome del lecho,
ansioso de ver su paso,
casi de sentir su aliento.
Ya que la edad y los achaques
me dan muy duro tormento,
y seguir en esta vida
ya, ni puedo, ni deseo.
Y sólo calma mis penas
y aplaca mis sufrimientos
ver su paso esta mañana:
mirar a mi Nazareno.
Y recordar años mozos
-que de esto ha pasado tiempo-
o, más aún, mucho antes,
que fui niño cofradiero.
Pasaron después los años:
niño, mozo, adulto y viejo,
caminaba tras de Ti
en Madrugada y Entierro.
Y no dejé de ir contigo,
no deserté, Nazareno,
que si yo ya no lo hago
por achacoso y por viejo...
En tus filas, de morado,
caminan hijos y nietos
que salieron de mi sangre
hombres devotos y rectos,
con la forja de cofrades
que inculquéles desde tiernos.
¡Y llevan puesta la túnica
que otra vez fue mi contento
y vestí con sano orgullo,
igual que ahora hacen ellos!
Pero ya llega el final:
ya lo noto, Nazareno,
que te voy a ver muy pronto,
Señor mío, lo presiento.
Y no habrá que madrugar,
ni estará el balcón por medio,
que, ayudado por tu Madre,
y, aunque yo no lo merezco,
gracias a tu misericordia
y al Perdón del Padre Eterno...
¡El Viernes Santo, otro año,
lo veré ya desde el Cielo!
Y a aquellos que me despidan
desde este mundo terreno,
se lo advertí mucho en vida
y hasta el último momento:
Que cuando ¡ay! mi vieja máquina
falle en el parón postrero...
¡me amortajen con la túnica,
como mi último deseo!
Y, detrás de mi estandarte,
como con otros lo hicieron,
me lleven por el camino
del que jamás nadie ha vuelto.
Que escriban sobre mi tumba,
no un ripio manido y zafio,
sino algo de Juan Ramón
o este pequeño epitafio:
Quien yace en este lugar
quiso ser humilde y bueno,
hijo fiel de nuestra Virgen,
y siempre amó al Nazareno.
Reza por él, buen cofrade.
Pide su descanso eterno.
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