Los que ya no están. Salvador.

1.988

 

En Julio se nos fue. Una mañana calurosa, la gastada máquina de su cuerpo dejó de funcionar y su alma, sus sentencias, sus consejos y ¿por qué no? también sus bromas y chistes (chirigotas, decía él) volaron al cielo en busca de mejores oyentes y más divinas compañías.

Nos quedaron sus recuerdos. Y uno de los más vívidos era su enorme devoción a Nuestro Padre Jesús. Nunca le faltaron sus visitas mientras las fuerzas le permitieron asistir a la iglesia, más espaciadas conforme le fueron decayendo las energías.

Durante una época vivió en Jaén. Era allí el Abuelo el que, en la Catedral, recibía su visita cada vez que Salvador pisaba la calle.           

No había yo nacido, pero me contaron que fue Hermano Mayor casi tres años, cuando nuestra Cofradía estaba asentada en la iglesia de la Colegial. Se recuerda que la imagen de Nuestro Padre Jesús no pasaba por la puerta de esta iglesia, dada su escasa altura y la que alcanzaba la Cruz con la que cargaba la imagen. Se le ocurrió que el brazo superior de esta Cruz podía abatirse y recuperarse mediante un muelle... Todavía es posible que alguien recuerde aquella Cruz, uno de cuyos brazos subía y bajaba con este sencillo ingenio...

Luego sí son recuerdos míos mi pequeña túnica, la primera que vestí, y que tantos y tantos han llevado antes y después que yo. Y la mano de mi abuelo, llevándome de la mano en el Santo Entierro. Cuando aquella procesión era distinta de la extraña mezcla en que se convirtió después. Y dejándome que me cogiese a las borlas laterales de nuestro estandarte, a las que me agarraba como si de una cuerda de salvación se tratase.

Por esta devoción y estos recuerdos que Salvador, y Jacinto y Baldomero dejaron en mí hacia Nuestro Padre Jesús y su cofradía y que trato de inculcar en mis hijos, de mi emocionada garganta sólo podría salir una palabra: Gracias. Gracias a todos.

La Cofradía, con nuestro estandarte y Hermano Mayor te dio su último adiós en esta tierra, Salvador.

Los demás también lo hicimos. Pero no fue un adiós definitivo.

Tus recuerdos, tu ejemplo, tus devociones, tu filosofía de la vida quedaron prendidos en nuestro espíritu.

Y, como dijo no sé qué poeta: Quien queda en el recuerdo de su familia y amigos, nunca muere del todo...

No fue un adiós definitivo, Salvador.

Fue: Hasta siempre, abuelo.