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Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
Castellar (Jaén)
PREGÓN
de los actos
Conmemorativos
del 350
aniversario
del documento más
antiguo de la Cofradía.
"Padrenuestro Nazareno”...
Trescientos cincuenta años...
Señor, tres siglos y medio...
¡qué poquito para Ti,
Dios mío, que eres eterno!
Trescientos cincuenta años
de aquel viejo documento,
primero que cita juntos
mi Nazareno y mi pueblo.
Envidia...
Sana envidia tengo, Jesús, de aquel hombre, de
aquel Bartolomé de la Torre Delgado que, en ese documento del que
hoy hablamos, hace ya trescientos cincuenta años, es conocido, sobre
todo, por haber sido mayordomo de tu Cofradía, por su condición de
devoto tuyo.
En esta época en que nos ha tocado vivir, en la
que a las personas se nos conoce por un mote, por un cargo o -lo que
es peor- por un frío y aburrido número, ¡qué hermoso es recordar que
hubo un tiempo en que se podía hacer distinción de una persona por
ser Nazareno!
Hermanos y amigos:
Si, a pesar de las dificultades, de las épocas
buenas y malas, hemos llegado hasta esta conmemoración, podemos
estar justamente gozosos, sí. Pero inmediatamente habrá que vestir
el hábito de la humildad. A nosotros sólo nos ha correspondido
recoger y honrar el trabajo y fervor de quienes pasaron por delante
nuestra en estos tres siglos y medio (...y pico). Pero también nos
recae la responsabilidad de mejorar y transmitir a las generaciones
venideras este legado que tenemos en nuestras manos. Y ojalá ellos
puedan seguir celebrando, igual que comenzamos a hacer hoy,
Centenario tras Centenario hasta el fin de los tiempos.
En un momento como éste, es inevitable apelar a
la memoria y al futuro:
Memoria de amor y homenaje,
como he dicho antes, a aquellos que fueron por delante nuestra, que
tuvieron en sus manos y en su alma la Cofradía y la devoción al
Nazareno y que -mejor o peor- nos la hicieron llegar.
De aquellos que ya no están,
de quienes nos precedieron,
hoy con Jesús en su Gloria:
de los “viejos nazarenos”.
De los viejos y de los menos viejos, Señor. Que
cada vez se hace más duro despedir para siempre a aquellos que, por
su edad, no parecían destinados a abandonar esta vida. Sólo nos
queda decirte que a nuestras pobres mentes les cuesta trabajo
entenderlo, pero que Te los encomendamos con todo el afecto y la
amistad que dejaron entre nosotros. Y que, con resignación, volvemos
a hacer nuestras las palabras de tu Padrenuestro:
“Hágase por todo tiempo,
en la Tierra y en el Cielo,
tu Divina Voluntad,
Jesús Sufriente y Sereno”.
Memoria de respeto y homenaje en vida
a quienes, metiendo de verdad el hombro y sin desánimo ante la
soledad o las dificultades, jamás han vuelto la cara en su trabajo
por nuestra Hermandad y nos la presentan en su momento actual.
De los que siempre estuvieron
a tu lado, Jesús Nuestro,
que por Ti nada le pesa,
a su ilusión, fe y esfuerzo.
Homenaje y agradecimiento para ellos. Que el
Nazareno os lo pague y que os siga dando fuerzas para afrontar
vuestra labor. Y que duréis muchos más años en esta tarea.
Y Esperanza.
Esperanza. Hermoso nombre de nuestra Virgen, de
María, nuestra Madre y tu Madre, Nazareno. De la mujer desolada que
te acompañó en Jerusalén hace dos mil años y que ahora lo sigue
haciendo en el Cielo, en tu Capilla y por las calles de nuestro
pueblo. Y en lo más hondo de nuestras almas.
Esperanza que representan esos nuevos hermanos
de todas las edades, pero sobre todo jóvenes, a los que recibimos
con los brazos abiertos y que, poco a poco, van nutriendo las filas
de nuestra Cofradía y cubren los huecos que -inevitablemente- se
producen.
De los jóvenes y niños,
las flores, los brotes tiernos
ESPERANZA de futuro,
savia viva de renuevo.
Esperanza y satisfacción. Una satisfacción muy
especial la que llena a hombres y mujeres que se saben miembros de
una antigua comunidad, de una vieja cofradía. De una “vieja
cofradía”, que no de una “cofradía vieja”. Que existen claras
diferencias entre lo que es una “vieja cofradía”:
antigüedad y con ello solera, pero también actividad, participación
y dinamismo, y el otro concepto, el de “cofradía vieja”
que sólo nos evoca espíritu pobre y rancio, comodidad y rutina.
Es lógico sentirse orgulloso del pasado. Aunque
este pasado, aparte de los momentos brillantes, nos obligue también
a asumir los más oscuros. Nos dirán que no se puede vivir mirando
hacia atrás, hacia el pretérito. Pues claro que no. Eso lo sabemos
todos. Pero “todo aquel que olvida su historia está condenado a
repetirla”. Y nadie -estoy seguro- quiere volver a otros
momentos tristes de nuestra sociedad, nuestro pueblo y nuestra
cofradía.
Así es que consideremos la celebración de estos
trescientos cincuenta años como un hito, un alto en el camino para
mirar hacia atrás -desde luego que sin ira- más bien con interés y
satisfacción. Para aprender de los aciertos y errores de quienes
abrieron la vereda en otros tiempos.
Y para aspirar profundamente, tomar aire,
renovar ánimos y energías (o “cargar las pilas”, como se dice
ahora), y reemprender con más fuerza e ilusión la marcha hacia el
futuro.
Un futuro que no se presenta fácil, no. Porque
ahora, lo que se impone es el materialismo salvaje, el “vivir al
día” en todo, el “piensa poco y disfruta lo que puedas”...
pero, sobre todo, “piensa poco”... Y en este modelo de
sociedad, los cofrades quedamos, según muchos, anacrónicos,
anticuados, desfasados, “fuera de sitio”...
“Fuera de sitio”
o “desfasado” puede estar, en efecto, el que así piensa. El
que sigue utilizando todavía esos desgastados argumentos. Aquel que
no sabe o no quiere saber que un nazareno, un auténtico nazareno de
finales del siglo XX, una Cofradía de nuestra época está lejos o, al
menos, lo intenta, del concepto o de la valoración subjetiva y
superficial que de ellos se quiere hacer a través de sus actos
externos.
Se nos juzga interesada y negativamente tomando
como referencia nuestras manifestaciones públicas, las procesiones,
la Semana Santa. Y ni siquiera en esto tratan de ser justos. Qué
poquitos se paran a mirar si tras todo eso que critican hay algo
más, que lo hay. Pero ¡cuántas veces no interesa conocerlo!
Un nazareno de verdad es más. Mucho más. El
vestirse de penitente una vez al año para acompañar a Jesús en su
caminar es, como poco, mantener una sagrada tradición.
Eso cuanto menos. Porque, y sobre todo, es
muestra de devoción y respeto, de solidaridad con ese
Cristo, con ese Dios hecho Hombre que, por salvarnos del pecado dio
la cara hasta la muerte. Hasta una muerte de Cruz, que Él podía
haber evitado, que para eso era Dios... Pero, por nosotros, afrontó
el tremendo suplicio, el linchamiento en cuyo recuerdo le
acompañamos cada “madrugá”. SOLIDARIDAD es la gran
palabra de nuestra época. En nosotros debe ser algo más que la
palabra: somos nazarenos porque somos solidarios
con Jesús, el ejecutado por ser pobre y amigo de los pobres, de los
desvalidos, de los niños... Y por PREDICAR una VERDAD que no gustaba
a los poderosos.
Insisto: Ser nazareno es más que
procesionar con un hábito tres o cuatro horas al año. Mucho más.
Es nazareno el que asume, igual que Jesús, como
propios los problemas de los demás e intenta ayudarles.
Es nazareno el que vive como tal. Y ve más
nazarenos a su alrededor: pobres, enfermos, alcohólicos, vagabundos,
marginados, tristes... cercanos y lejanos. No son imágenes de Semana
Santa. No van en un trono ni llevan a cuestas una cruz dorada. Son
de carne y hueso, tienen alma y sufren, como sufrió Jesús. Y es con
ellos, como nos dijo nuestro Nazareno, con quien debemos estar en
cada momento.
Ser nazareno es amar... Es sentir como propia
la felicidad o la desgracia de alguien a quien, probablemente, nunca
veremos. Es ver como un ser humano, a miles y miles de kilómetros de
distancia, crece en salud, en cultura y en libertad. Es alegrarse de
que Amparo, nuestra hermanilla de Guatemala y tantos y tantos como
ella tengan un futuro cada vez más diáfano. Es sentirse satisfecho
de haber puesto para ello un mínimo granito de arena. Aunque todos
sepamos que esto sólo es el comienzo, que aún queda mucho, mucho por
hacer.
Y sin pedir nada a cambio. Con la sonrisa en la
boca. “Con buen rollo”, como también se dice ahora. Como nos
enseñó Jesús Nazareno en su Evangelio y en la “madrugá” de
cada Viernes Santo. Como nos muestra su Madre María de la Esperanza,
la mujer que nos entregó a un Hijo para nuestra salvación, y que le
sigue llorando, pero sin odio hacia quienes le matan... ¿hay que
buscar más ejemplos?
Y, a pesar de todo, a pesar de que nuestra
conducta les abofetee y les cargue de nuevo la cruz, a diario, los
dos, Madre e Hijo, siguen allá, escuchándonos en el silencio de la
Capilla ¡Cuánto sabe ese silencio de ojos que no se atreven a
levantarse o, por el contrario, tanto les buscan arrasados en
lágrimas! ¡De bocas cerradas que emiten una oración silenciosa, o
musitan un padrenuestro o, porque les parezca más sencillo o no
sepan hacerlo mejor, murmuren en voz muy baja la hermosa oración de
aquel hombre humilde: “¡Señor, aquí está Juan!”
¡Cuántas súplicas habrán llegado hasta Ti,
Señor! ¡Cuántas oraciones de agradecimiento y plegarias de
desesperación!
Porque un nazareno también es oración.
Solidaridad, amor y oración.
Alguna vez he llegado a pensar que le palabra
“nazareno” para definirnos es demasiado... grandilocuente, demasiado
sonora. Que, en función de nuestra actitud ante ese prójimo que
arrastra su cruz, más que nazarenos deberíamos
intentar ser y llamarnos “Cirineos” para
ayudarles a soportarla.
Ese es. Ese debe ser el nazareno del
siglo XXI. Y ese es también el gran caudal, el gran tesoro que le
toca administrar a nuestras cofradías. Para que, cada vez que
celebren un aniversario de este tipo, puedan sentirse plenas por lo
realizado y aspirar a más.
Otra de las cualidades del buen nazareno
debería ser la de no ponerse pesado, no abusar de sus paisanos. Por
eso debo ir dando ya final a mis palabras.
No sé cuantos de los presentes nos veremos en
otra conmemoración. Pero ojalá aquellos a los que les toque lo hagan
con la misma alegría que nosotros la iniciamos hoy. Ya pueden poner
manos a la obra.
Y ojalá también que los que vistan -o vistamos-
ya para siempre la túnica morada, hayamos podido comprobar que un
buen cofrade alcanza la Gloria como decía Paco Clavijo, en un
inolvidable Pregón a nuestra Madre de Consolación, tomándolo de
aquel buen Juan del cuento: de una mano de Nuestro Padre Jesús
Nazareno y de la otra de la Virgen... de la Esperanza o de
Consolación, que, al fin y al cabo son la misma María, la misma
Madre.
Muchas gracias por haberme escuchado. Que Dios
os lo pague.
22 Febrero 1.998
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