Silencio...
que, entre perfume de lirios
y nubaradas de incienso
va amaneciendo con pena
el Viernes Santo en mi pueblo.
Silencio...
tras el morado antifaz
una mirada lejana...
solidaria con el Cristo
que vislumbra y acompaña.
Silencio...
Monótona campanilla
silencio a todos reclama:
que callen todos los ruidos
para serenar las almas.
Silencio...
que Jesús el Nazareno,
el del cuerpo apaleado,
con su cruel suplicio a cuestas,
va pasando por tu lado.
Silencio...
Desde la altura del trono,
siento, Señor, tu mirada,
el peso de tu pregunta,
el rigor de tu Palabra:
¿Es que lloras sólo ahora,
porque ves mi sufrimiento?
Y del sufrir de tu hermano,
¿cuándo estuviste, di, atento?
¿Cuándo, viendo padecer
al más débil, a tu lado,
denunciaste la injusticia
y le ofreciste tu mano?
Silencio...
El eco de tus palabras
retumba en mi pensamiento
y, por no tener respuesta,
¡¡cobarde!!,
guardo SILENCIO.