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El hombre contra
el toro: Los encierros por nuestras calles.
En otros tiempos más lejanos, la fiesta que conocemos como
“encierro” no debería ser otra cosa que la operación para cercar
a los toros (entonces salvajes) que deberían sacrificarse o servir
de alimento posteriormente.
La evolución convirtió en una especie de fiesta lo que al principio
no pasaba de ser una simple operación de caza.
Además, cuando la presencia del toro suponía la celebración
posterior de un espectáculo, el personal necesitaba ver los
toros en el encierro, para ver si eran bravos.
Año ha habido en que, ante la negativa de la autoridad a soltar los
toros, o simplemente, porque les parecían poco bravos o
inútiles, o por la intervención de elementos extraños e
incordiantes (caballos y garrochistas) en el encierro, se han
provocado casi conflictos de orden público y, por supuesto,
actitudes de cierta huelga de espectadores con la consigna
“esta tarde no van a ir a los toros ni los abonaos” Y, para
desgracia del empresario de turno, se cumplía… ¡Vaya si se cumplía!
Hay que remontarse en el tiempo para recordar encierros por la calle
de la Fuente y la de la Villa. Son muchas las calles de nuestro
pueblo que han sido testigos de este inusitado espectáculo, como
veremos posteriormente.
Las presentes, que muchos ya conocerán, son las de los viejos
encierros en la actual avenida de José López, la carretera de
Villacarrillo, donde sí se podía esconder uno detrás de un álamo o
fiarse de la altura y resistencia de una ventana… y donde nunca se
cerraban las puertas a los corredores y jamás un toro se coló en
casa alguna ¡qué tiempos!
La finalidad del encierro debería ser esa: encerrar al animal
en un lugar donde se pudiera disponer de él o de su vida en
cualquier momento. En aquellos tiempos no había frigoríficos ni
congeladores y mejor manera de obtener carne fresca era mantener
vivo al animal.
Pero, además, los hombres aprovechaban esta circunstancia para
demostrar su hombría, sus c…, situándose lo más cerca posible de los
animales o recortándolos… costumbre que ha llegado hasta nuestros
tiempos.
Es el afán del macho de cualquier especie por lucir su fuerza, su
valor, por deslumbrar a la hembra.

No obstante, hasta en esto vamos retrocediendo los varones. En la
foto (ya vieja) es una chica la que corre (más bien, huye, que no es
lo mismo) de la vaquilla. Pero está ahí.
También conservo otros testimonios de encierros en lugares
distintos.
En ésta, ya un poco “pasadilla”, en la actual plaza del Olivo
(plazoleta del Calvario de siempre), se puede observar la
arriesgada faena de un señor que huye (esta vez sí: HUYE) ante
la llegada del miura que le embiste (o, a lo mejor, ni lo
ve).
La última es en el otro extremo de la calle: la plazoleta de la
calle San Benito. La de la solera de la cabina de teléfonos, los
sustos en la palmera y –cómo no- en los bidones…
Son recuerdos de los que hemos vivido tantos recuerdos de diversión,
de tensión, de miedo... Y hasta de tragedia. Eso sí, todos menos los
últimos, siempre recordados con los amigos y la familia entre risas,
anécdotas, “batallitas” y alguna “trola” que otra. Que
de todo tiene que haber en la casa del Señor.
De esos encierros a los que ahora apenas voy por dos motivos:
Primero, porque no sé si estoy de acuerdo con algunas de las cosas
que veo (recortes en animales que aprenden.... qué poquito
les gusta a los toreros!). Y segundo: porque uno no está ya “pa
esos trotes” y lo pasa muy mal mirando y tostándose al sol, sin
poder echar una carrerilla.
Que hasta “pa eso” hay que servir.
Baldomero Patón Galdón.
2003
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