|

El pastor friolero.
Navidad, 1.993
¡Hola! ¿Conocéis a
Abdul? Es un pastor, un pobre pastor de Palestina. Tiene unos seis o
siete años, pero ya ayuda a su padre a cuidar las pocas cabras y
ovejas que poseen, allá por los alrededores de Belén.
Abdul es pillo. Y listo. Aunque su padre se enfade con él y le diga
aquello de que “Abdul y gandul son casi lo mismo”, sabe que tiene un
hijo noble y fiel, como cualquiera de vosotros.
Abdul tiene una gran habilidad... y un gran problema. Su habilidad
es que sabe hacer unas sonoras flautas con las cañas que recoge
cuando va a orillas del río Jordán, y que, además, las toca de
maravilla. Tan bonitas cosas toca que algunos dicen, no sé si será
verdad, que Abdul no necesita dar voces ni echar el perro para
recoger el ganado: simplemente, toca su flauta y las cabras, las
ovejas y hasta el perro “Herodes”, que vaya nombrecito que le
pusieron al pobre animal, acuden a su lado, embelesados por la
música.
El problema es... no debería decirlo, pero es que Abdul es muy
friolero. Pasa, como dicen en mi tierra, “más frío que un perro
chico”. Y el caso es que Palestina no es especialmente fría,
pero cuando aprieta, aprieta, como dice Abdul. Y en esas noches de
invierno en que tanto brillan las estrellas porque está helando,
todo se le vuelve a Abdul atizar la pobre lumbre, echarse pieles o
raquíticas mantas y arrimarse a sus ovejas y al perro, buscando el
calor de sus cuerpos. La verdad es que lo pasa fatal.
Pues mira: una de esas noches, allá por el mes de diciembre, estaba
Abdul en el campo, con su ganado y con su tiritona. Heladito estaba
el pobre, de verdad. Y cuando más acurrucado estaba cerca de las
ovejas y de la lumbre, otro pastor que pasaba, lo llamó:
-¡Abdul, Abdul, levántate! ¡Se nos ha aparecido un hombre muy
brillante y nos ha dicho que allá, al fondo del valle, en un
establo, nos ha nacido el Mesías del que hablan los profetas, el
Hijo de Dios! ¡Nosotros vamos a ver si es verdad y a adorarle! ¿Te
vienes?
Abdul estaba más helado que un chuzo, pero le picó la curiosidad. Y,
aunque de mala gana, se levantó y se fue con ellos. Todo el camino
se lo pasó quejándose de la nochecita que hacía y de la helada que
estaba cayendo. Por eso se había abrigado bien. Llevaba puesta su
mejor zamarra, una muy gruesa y muy blandita, que le había hecho su
abuela Fátima con una piel de cordero. ¡Qué calorcito le iba dando!
¡Lástima que no le llegara hasta la nariz, que era donde más frío
llevaba!
Por fin llegaron hasta la cueva. Abdul recordaba haberse refugiado
allí, con sus ovejas, cuando le había sorprendido alguna tormenta en
las cercanías. Se veía a su alrededor una luz muy extraña, como si
fuese de día. Pero Abdul sabía muy bien que faltaba mucho rato para
que los gallos cantaran.
En la cueva había un hombre muy apenado y una mujer joven que
acababa de tener un Niño. Dijeron que se llamaban María y José, que
venían del lejano Nazareth y que no habían encontrado una miserable
posada para que su hijo naciese en condiciones. A Abdul le
recordaban a Alí y a su hermana Jaira, que se habían reconocido como
marido y mujer hacía poco, según la costumbre.
Pero el Niño no dejaba de llorar. Tenía, o debía tener -el pobrecito
no lo podía decir- un frío de narices, porque estaba desnudo.
Sentra, la vieja pastora de las montañas, llegó en ese momento y, en
cuanto vio la escena, empezó a dar órdenes, que era lo que le
gustaba. Había que reconocer que Sentra, aunque parecía muy mandona,
también era muy lista y le encantaba ayudar a todo el que lo
necesitaba.
-¡Pero bueno! ¿Qué hacéis aquí todos parados, manada de borricos?
¿No estáis viendo el frío que tienen estas dos criaturas, la madre y
el hijo? Su marido no debe separarse de ella y, además, no conoce el
terreno y no puede ir a buscar leña. Así es que ya os quiero a todos
marchando, a ver si recogéis un buen montón y hacemos una fogata
para calentarlos ¡Deprisa, en marcha! ¡Tú, Abdul, como eres el más
pequeño, quédate ahí con el Niño y haz algo para que no llore, que
su madre está muy preocupada! ¡Vaamos!
Abdul, aturdido y sin saber como empezar, se sentó junto al Niño y,
para que estuviera más caliente, lo arrimó a la mula y el buey que
ya había en el establo. Luego, con el fin de entretenerlo, a ver si
se calmaba, sacó su flauta y empezó a tocar la más dulce canción de
cuna que sabía.
El Niño, al oir la música, pareció callar un poco. Pero volvió a
llorar, porque el pobre seguía teniendo mucho frío. Abdul no sabía
qué hacer, hasta que, de pronto, tuvo una idea genial: Se quitó su
hermosa zamarra calentita y envolvió con ella al Niño, acurrucándolo
entre sus brazos para trasmitirle mejor el calor de su cuerpo. Y
así, los dos se fueron quedando dormidos.
Cantaban ya los gallos por Belén, cuando Abdul se despertó
sobresaltado y se encontró, junto a su cara, con el rostro dormido y
tranquilo del Niño, que parecía sonreirle y decirle: “Gracias por
tu zamarra, Abdul. Yo sé el frío que pasas y el trabajo que te habrá
costado prestármela. Pero mira qué contentos y qué orgullosos de ti
están todos, especialmente mi Madre”.
Abdul miró a su alrededor. En torno a la fogata que ¡por fin! habían
encendido, se calentaban los pastores, entre los que se encontraban
sus padres, muy satisfechos de la generosidad de su hijo. Un poco
más allá, sonaba una música deliciosa: Un ángel había encontrado la
flauta de Abdul y seguía tocando la misma nana que él empezó. Y la
Virgen María no dejaba de mirarle.
Por las montañas de Palestina se oye hablar, desde hace muchos años,
de un viejo pastor que nunca tiene frío y que jamás, ni en las
noches de más dura helada, se ha puesto una zamarra.
Se llama Abdul.
© Baldomero Patón Galdón. |