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Las plazas de toros
en Castellar.
¿Cómo surgieron los actuales cosos taurinos?
Los primitivos encerraderos de toros, corraleras, o plazas
mayores de ciudades, pueblos y aldeas, fueron siendo, poco a poco,
sustituidos por lugares de espectáculo conforme la necesidad de éste
fue desplazando a la simple utilidad de mantenerse con la carne de
los animales encerrados.
Así nacieron las plazas de toros, sucesoras de los circos romanos,
si bien en éstos se ofrecían a los espectadores toda clase de luchas
a las que, en muchos casos, no eran ajenos los toros.
En algunos de éstos circos romanos, en Francia (Nimes, Arlés), se
siguen dando toda clase de festejos taurinos.
En Castellar ha habido plazas desmontables en diversas ubicaciones:
Plaza del Ayuntamiento, Plaza del Calvario y Corralón de Eloy Núñez.
De éstos me ha sido imposible aportar imágenes, aunque la última la
recuerdo como en un sueño, porque allí me aficioné a ir a los toros,
sentado sobre las rodillas de mi bisabuelo y de mi abuelo.
Fue también –lo recuerdo por “los dichos”- la plaza del toro que
pilló a “Zapata”.
El corralón de don Senén.
Luego vino la plaza de bidones en el corralón de don Senén.
Curiosísima construcción que hoy sería imposible.
No se permitirían ahora espectáculos en ella. Ya en sus últimos
años, aparte de otros problemas con los propietarios, hubo serios
inconvenientes por parte de los que venían a inspeccionar la
instalación para autorizar la celebración de los toros.
Pero era una construcción sólida. Jamás hubo más accidente que si
cedió un palo por donde había tres… y no pasó nada. Un increíble
bosque de refuerzos y apoyos por debajo aseguraba totalmente la
construcción. Es posible alguno de los me que lean trabajara en
ella. Y –seguro- muchos más fueron a los toros en aquellos andamios.
Fue también –no debemos olvidarlo- la plaza de la tragedia de
Ricardo López.

¡Y lo que disfrutábamos los chiquillos yendo a mirar como la
levantaban y jugando a los toros hasta que los albañiles, cabreados
por nuestras carreras y gritos, soltaban la frase fatídica:
“¡Fulano, coge una lía y echa los chiquillos a la p… calle!”. Y
hala: puerta atrancada y a esperar a que alguien se descuidase un
poco…
En algún momento los bidones escasearon. Pero no faltó inventiva y
se sustituyeron por esa barrera corrida que aparece en alguna foto y
que jamás pudo saltar toro alguno ¡Con lo fácil que
era para algunos aficionados!
Como se ve, está claro que fue la plaza de mi infancia… donde jugué,
de niño, a correr en los encierros –donde sentí, por primera vez, el
miedo-. Y donde soñé, en alguna ocasión, con ser torero…
El “coso San Benito”.
Había sido una
vieja aspiración de algún alcalde y de más de un vecino de la zona:
aprovechar la gran extensión en que terminaba la calle San Benito
para hacer una plaza de toros permanente y una ermita al Santo
Patrón.
Se acometió este
proyecto a principios de los años 70, cuando los problemas técnicos
y económicos hicieron prácticamente inviable la plaza de bidones.
Recuerdo que se
pidió colaboración económica a unos, en especie
(materiales de construcción) a otros y en jornales sin cobrar
a los que los podían echar.
Se puede decir,
pues, que era una auténtica plaza de toros del pueblo de
Castellar.
No obstante,
apareció una polémica placa en la bajada al ruedo, que hablaba de
alcaldes y de que el primer toro lo lidió el malogrado
Carnicerito de Úbeda, tío del actual. Hubo hasta alguna pancarta
de protesta, que duró poco. La placa, todavía menos.
Yo no estoy muy
seguro de que la elección del lugar fuese la más acertada: Se privó
al pueblo y al barrio de lo que, más adelante, hubiera podido ser
una fenomenal plaza abierta o parque y paseo.
Y, además, se
eligió un sitio pequeño (a pesar de lo grande que parecía).
El ruedo no
alcanza, ni de lejos, las dimensiones estipuladas como
reglamentarias, lo que genera muchos conflictos en la lidia.
Y, además,
provoca problemas administrativos. Se autorizan los espectáculos,
probablemente, porque el coso se acoge a la calificación de
histórico (que no lo es). Pero tengo informaciones fidedignas de
que –a pesar de que se haya celebrado ya alguna- no se volverían a
autorizar corridas de toros en nuestra plaza. Sólo novilladas
picadas, como máximo.
Lo que, sin ser
tan grave (siempre he dicho que estas plazas de pueblo son para los
que empiezan), me parece un inconveniente y un cierto lujo: tenemos
una plaza de toros en la que no se permiten toda clase de
espectáculos taurinos.
La construcción
siguió unas pautas parecidas a las de la vieja plaza de bidones:
unos grandes muros radiales por debajo, que soportaban grupos de
tres o cuatro viguetas de cemento unidas por hierro (varilla
roscada), y que resultaban ser las sustitutas de los pinos o
cuartones de madera de la vieja plaza. De hecho, puede verse en las
fotografías como, al principio, se seguían viendo pinos de madera en
algunas zonas sin terminar y como la construcción de los burladeros
era EXACTAMENTE la misma que en la plaza del corralón de don Senén.
Posteriormente,
en 1995 se le hizo una importante remodelación, que incluyó nuevos
chiqueros, un patio de caballos y un desolladero, para lo cual hubo
que comer aún más a la pequeña plazoleta exterior que había
delante de la entrada a la plaza.
Se remodeló
también el ruedo y se creó un callejón, también pequeño.
Así es que, a
pesar de los cambios y de la, por supuesto, buena voluntad -pero
escasa información- de algunos de los que iniciaron la aventura de
construir esta nueva plaza, seguimos teniendo un coso insuficiente
en posibilidades, si bien no en capacidad (es difícil verlo lleno).
Pero los hechos
son éstos –los que son- y ya están consumados. Ahora, ni la va a
derribar nadie… ni creo que lo dejasen.
Baldomero Patón Galdón.
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