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“Pelegrinitos”
Baldomero Patón Galdón
Cualquier parecido
con la realidad no sería pura coincidencia. Los hechos relatados,
con ligeras variaciones, ocurrieron hace ya algunos años.
A MODO DE
DEDICATORIA Y PRÓLOGO:
A aquellos dos
pelegrinitos cuyos nombres ignoro y que me acompañaron en un corto
viaje, recordándome conceptos como sencillez de espíritu, ilusión y
amor, en una cálida tarde primaveral.
He dudado mucho
antes de escribir esta narración y mientras lo hacía. Alguien, a
primera vista, se podría pensar que trato de dar autobombo a una
limosna. No. En realidad, si yo ayudé con algo a mis pelegrinitos,
lo que recibí de ellos tenía mucho más valor.
Y era hermoso.
Muy hermoso.
El autor.
Me gusta este viaje.
Se trata de recoger a mi hermana en la no muy lejana estación de
ferrocarril de Vilches. Desde Castellar, el viaje no se hace muy
largo. Unos cuarenta kilómetros. Tengo una tarde ociosa, vacacional,
por delante y el tiempo es espléndido. Sólo el sol, ligeramente de
frente, me estorba algo, no mucho. Y solitario, ensimismado en mis
pensamientos, conduciendo suavemente y acompañado de la música del
aparato de radio, voy devorando kilómetros y dejando atrás pueblos y
olivares.
De pronto, en la
carretera, a mi derecha, silueteadas por el sol de media tarde,
aparecen dos figuras. Son chico y chica, que caminan por el borde
mismo del asfalto. Ya han oído el ruido del automóvil que se les
acerca por detrás. Uno de ellos, el chico, extiende la mano en
inequívoca señal de auto-stop. No aminoro la marcha. No tengo la más
mínima intención de detenerme ni, mucho menos, recoger a nadie
desconocido. ¡Pues están los tiempos para eso...!
Al pasar, miro de
reojo los rostros de los espontáneos aspirantes a viajeros. Y veo
sus ojos, en los que no resulta difícil leer el desánimo del
"otro que no para..."
Pero se nota algo
más. El cansancio. ¡Dios mío, van cansados, cada uno con un hatillo
a cuestas! El último pueblo quedó ya varios kilómetros atrás,
entonces... ¿han caminado todo este trayecto? Y van limpios, no
parecen mala gente...
Y maldigo mil veces
el egoísmo que genera el miedo (aunque podría ser al revés:
disfrazar el miedo de egoísmo) y piso casi con violencia el freno...
Aunque todos estos
pensamientos han sido rápidos, ya me había alejado algo de ellos.
Casi tendría que volverme. Pero no va a hacer falta: ahí vienen
corriendo. Lo que les faltaba para su cansancio... Casi me siento
culpable y una ráfaga de amargura recorre mi conciencia. En fin, ya
los tengo aquí, junto a la ventanilla...
-Buenas tardes, ¿nos
puede usté llevar?
-Sí, hombre, vamos
arriba. La chica, atrás. Pasa los hatillos también ahí. Tú, a mi
lado. Anda, abróchate el cinturón, que nos vamos.
-Casi creíamos que no
paraba usté. Como ha pasado tan deprisa...
(¡Qué cerca estás de
la verdad, amigo mío!)
-Bueno, ya sabes que,
hoy en día, la gente no se fía mucho de recoger a nadie. No andan
las cosas como para eso...
-Ya. Por eso, cuando
no paran, no nos enfadamos. -mi amigo es comprensivo.
-Pero yo necesito
saber adónde vais. A lo peor no llevamos el mismo camino.
-Claro. Mire usté:
Nosotros vamos a Vilches, a coger el tren. Intentamos buscarnos la
vida por ahí...
La respuesta me
alegra. Me satisface poder contestar:
-Pues habéis tenido
suerte. Yo también llevo ese camino. Y no me gusta viajar solo y
callado. Vamos a ver -doy rienda suelta a mi curiosidad- ¿de dónde
vienen ustedes, jovencitos?
-De Navas.
Era verdad. Habrían
caminado ya casi ocho kilómetros cuando los recogí. Y, si necesitaba
algún apoyo más para mi intuición, el espejo interior me lo daba: la
pelegrinita había caído literalmente sobre el asiento trasero
y, apoyada su cabeza en el respaldo, trataba de recuperarse con los
ojos cerrados.
Mi acompañante es
moreno, con ese color de piel que sólo se logra a base de muchas
horas de trabajo en el campo. Viste una impoluta camisa blanca y un
pantalón gris que se ve usado, pero limpio. Calza unas zapatillas
deportivas baratas, de "mercadillo", sólo manchadas por el polvo del
camino.
Su compañera es rubia
(rubilla, diría yo) y también se notan en su rostro y manos
los efectos del trabajo en el campo. Viste un jersey de lana fina,
lavado ya muchas veces, y un pantalón vaquero. No puedo ver su
calzado pero, al subir al coche, me pareció que llevaba zapatillas
deportivas también.
Los dos son muy
jóvenes.
Una idea salta entre
mis pensamientos:
-Oye, no estaréis
intentando convertirme en cómplice involuntario de una escapada de
casa. Mira -otra vez el miedo- que acabamos el viaje en el próximo
puesto de la Guardia Civil.
-No señor, no se
preocupe usté. Nosotros somos jóvenes, pero ya vamos
casaos. Y bien casaos, por el cura y el juzgao.
Mire usté.
Del asiento trasero
viene una mano morenita -¡con cuántas aceitunas cogidas!- Lleva un
pequeño objeto envuelto en un plástico, que entrega a mi
acompañante. Éste lo deslía y me lo muestra.
-Es nuestro Libro de
Familia. Nos han dicho que lo echemos para evitar problemas
de éstos. ¿Quiere usté darle un vistazo?
Casi siento
vergüenza:
-No, hombre, no. Me
fío de tu palabra.
-Es que, verá
usté, -esta vez el pelegrinito empieza a hablar sin que
yo le pregunte- las cosas por el pueblo van mal. No hay donde echar
un jornal. Y da asco vivir de la miseria del paro. Por eso hemos
cogido la carretera, para intentar buscarnos mejor la vida en otros
sitios.
La pelegrinita
interviene:
-Nos íbamos ya, antes
de casarnos; pa juntar pa la boda y la casa. Pero mi
madre dijo que no, que ni hablar. Que empezábamos así y acabábamos
arrejuntaos... y que eso no se había visto en mi casa, ni se
vería. Así es que no hubo flores, ni traje blanco, ni banquete pero,
eso sí: casaos y bien casaos sí que vamos...
Pelegrinita
echa de menos un sueño, quizá el primero que ve alejarse para
siempre: una hermosa boda y un traje blanco...
Suena el inevitable
comentario jocoso sobre las suegras que mandan. Todos reímos.
Ahora es el
pelegrinito el que tiene curiosidad:
-¿Usté sabe a
qué hora pasa el tren por Vilches?
-Eso depende del tren
que vayas a tomar.
-Pues no sabemos... -pelegrinita
interviene cada vez más en el diálogo- Nunca hemos visto siquiera un
tren en nuestra vida...
Debo tener los ojos
como platos. ¿Es posible?
-Bueno, eso sí,
-comenta pelegrinito- las vías y los cables sí los hemos
visto alguna vez, yendo pa Linares. Pero como no pasaba el
tren...
-Yo creía que por ahí
sólo pasaba un tren que llevaba a todas partes. ¿Y dice usté
que hay más de uno?
-Sí, hombre, muchos.
Y van cada uno a un sitio distinto.
Los pelegrinitos
se miran desconcertados. De reojo, me parece ver en sus ojos un
brillo de duda, quizás de miedo. Me invade la sensación de que, de
pronto, me he convertido para mis amigos en algo más que el
individuo que les ha recogido en la carretera y les lleva a una
estación de ferrocarril.
-Nosotros no sabemos
qué tren tenemos que tomar... -la voz de pelegrinita es casi
imperceptible.
-Vamos a ver. -me
invade un espíritu paternalista-quijotesco, quizá un poco falso. Al
fin y al cabo, no me voy a comprometer demasiado- ¿Dónde queréis ir?
-Pues mire, vamos a
Almería, a los plásticos. En esa capital hay unos parientes de mi
mujer que nos han buscado trabajo en El Ejido. No sabemos donde está
eso.
-Vaya por Dios. No os
preocupéis. En todas las estaciones de tren hay unos indicadores que
dicen adonde van los trenes y la hora a la que pasan. No será
difícil, ya lo veréis. Lo malo es que, si ahora no hay tren para
Almería, quizá tengáis que esperar un buen rato. Es lo más incómodo.
-Bueno, pero usté
nos puede dejar dicho qué tren hay que coger ¿a que sí? Y la hora.
Porque mi marido lleva reloj ¿ve usté? Y si hay que esperar,
da igual. Estamos acostumbraos.
No cabe duda. Ya soy
para mis amigos algo más que el taxista providencial y gratuito.
-Sí, mujer. -sí,
pelegrinitos. llenos de amor y de ilusión- Y si se os olvida y
ya no estoy yo, no te preocupes. Hay unos señores de traje azul y
gorra roja que te informarán, seguramente, mejor que yo. Pierde
cuidado.
-¡Uf, menos mal! -pelegrinita
se deja caer sobre el respaldo del asiento, ya más tranquila. Su
compañero continúa:
-Es que, en estas
cosas hay que enterase bien. Porque, si se monta uno
en el tren equivocao, lo pueden llevar lejos, a Madrid o así,
y allí no conocemos a nadie ni nos sabemos las calles y ¿qué hacemos
entonces?
¡Bendita e increíble
inocencia!
Ya se ven a lo lejos
las primeras casas de la estación de Vilches. A los lados de la
carretera van quedando atrás factorías, granjas, viviendas. El sol
ha bajado y me da de lleno en los ojos, molestándome
considerablemente. Casi no veo. Pero conozco bien el camino. He
venido tantas veces...
Hemos llegado. Tras
una pequeña maniobra de aparcamiento, el motor queda en silencio.
Los hatillos vuelven
a la espalda de sus ilusionados -y creo que temerosos- dueños.
-Bueno, -me erijo en
guía de pelegrinos- vamos a echar un vistazo al horario de
trenes.
El vestíbulo de la
estación es triste y desangelado. Y sucio. Lo más alegre o atractivo
es el enorme horario que hay en la pared de nuestra izquierda. El
resto de la decoración la componen dos viejos bancos que alguna vez
fueron pintados de verde, y un mapa de ferrocarriles. Sólo el sol
que entra por la puerta y ventana que dan al andén pone algo de vida
en la solitaria estancia.
Sobre el mapa de
ferrocarriles explico a mis forzosos turistas la situación de
Almería y por donde, más o menos, están El Ejido y sus plásticos.
-¡Anda, qué cerca del
mar! ¡Mira, nena, veremos el mar! ¿A que sí, señor?
-Claro, hombre. Ya
verás qué bonito es. Y qué grande.
Porque, aunque nadie
me lo dice, doy por supuesto que tampoco han visto el mar.
-¿Hay playas? ¿Y
turistas de esas que se bañan...?
-¡Eeeeh, alto!
-bromeo- Tú eres un picarón... ¿Recién casado y ya pensando en eso?
Chica, tendrás que atar corto al pájaro este...
Casi no había
reparado en pelegrinita. Sentada en uno de los bancos, con la
mirada perdida allá, a lo lejos, se ha separado de nosotros. ¿Qué
extraños paisajes está imaginando? ¿O quizás piensa en el futuro que
le espera? ¿Qué siente? ¿Miedo? ¿Ensoñación?
-¡Chica! ¿No quieres
ver el horario? -trato inútilmente de distraerla- Bueno, vamos
nosotros, los hombres.
-Oiga, -pelegrinito
anda despistado del todo- que yo no entiendo esto. Aquí hay muchos
nombres y números... ¿Usté se entera de algo?
-No es difícil. Mira,
esto es la hora. Y aquí pone el sitio donde va el tren.
-Sí, pero yo no
conozco horas mayores que las doce y ahí pone diecisiete. Además,
hay más de un cartel que dice Almería. ¿Cuántas Almerías hay?
Va a ser más difícil
de lo que yo me imaginaba.
-Verás. Para que no
te resulte lioso, te diré que esa hora es como las cinco de la
tarde...
-Buenas. ¿Esperan
ustedes algún tren?
La voz ha sonado,
atenta, tras nosotros. Un hombre de unos cincuenta años, pelo
blanco, traje azul y roja gorra de factor, nos contempla entre
curioso y amable.
-Pues sí -me
apresuro- Yo, en el Talgo, a un pariente. Estos chicos, algún tren
para Almería. Van allí a trabajar. Pero veo que ha pasado uno hace
muy poco...
-No. Lleva casi una
hora de retraso, quizá más. Parará, además, un buen rato aquí, si
tiene que esperar al Talgo.
Se dirige a mi amigo:
-Si quieres los
billetes para Almería, te los podemos vender ya. Así luego no
tendrás problemas ni prisas:
-Estooo... Sí, sí,
creo que sí. Vale.
Pelegrinito
parece sorprendido y se dirige a su pareja. Allá, en el rincón,
junto a la ventana, se organiza un pequeño conciliábulo. Surge un
monederillo y ambos cuentan y hablan en voz baja.
-¿Conoce a estos
chicos? -el factor me saca de mi impertinente observación.
-No. Los recogí entre
Navas y Arquillos. Sólo sé que son matrimonio y que van a trabajar a
Almería, como le he dicho antes. Es todo.
-Pues no se fíe,
amigo. Con esta gente joven, nunca se sabe...
No me gustan ni el
tono ni la observación, por la carga de juicio temerario y
malintencionado que lleva. Y porque me recuerda a mí mismo y a mis
pensamientos de hace poco más de media hora. Contesto con otra
vulgaridad:
-No, hombre, no creo
que...
Mientras tanto,
pelegrinito se encuentra frente a la taquilla. Su compañera se
le ha colocado detrás y mira hacia el otro factor que les atiende,
entre felina y preocupada.
Llega hasta mí la
conversación:
-Pero bueno, ¿es que
no vais a viajar los dos? ¿En qué quedamos?
-Sí, -pelegrinito
trata de aparentar tranquilidad, aunque está muy lejos de tenerla-
pero yo sólo quiero un billete...
-Pues no te lo vendo.
No puedo hacerlo. Ni voy a permitir que subáis los dos en el tren,
sabiendo yo que lleváis un solo billete...
El taquillero suena
autoritario y decidido. Mis amigos perderán la batalla.
-Dos billetes, por
favor. Déle dos segundas a Almería.
Ya está. Junto al
dinero suelto que mis pelegrinos han dejado en la taquilla,
deslizo un poco más del mío.
Ellos me miran
sorprendidos. El taquillero ha tomado ya el dinero y, silencioso, se
prepara para entregarles las mágicas cartulinas amarillas.
-Oiga, nosotros...
-Vamos a tomar café.
Cuando tengáis los billetes, os espero en aquel bar. No tardéis.
Al salir, mi mirada
se cruza con la del primer factor. No puedo definir si la suya es
comprensiva o, simplemente, socarrona.
-No se preocupe,
amigo. Tiene usted aún más de media hora. Y casi lo mismo para el
Talgo... Pero ándese con cuidado. Ya ha picado usted.
Supongo que lo hace
con buena voluntad hacia mí, pero el comentario sigue sin gustarme.
Contesto con un extraño gruñido y sigo mi camino.
La taza de café humea
sobre la mesa. Sentado junto a la ventana del bar, veo a mis
pelegrinitos salir del edificio de la estación. La conversación
que mantienen y que yo, lógicamente, no puedo oir, debe ser animada,
por lo gesticulante. Ya me han visto. Dan por terminada la charla y
apresuran el paso.
-¡Hola! Venga,
sentaos, ¿qué vais a tomar?
Al principio se
niegan. No tienen apetito. No quieren tomar nada. Pero yo sé que
mienten. Tratan de hacerlo por gentileza, pero mienten. Al final,
piden dos cafés con leche (dobles, aclaro) y ya los tenemos,
delante de ellos, acompañados de algunas tortas de las que venden en
el bar, que no deben estar muy tiernas aunque, como asegura el
camarero, sean del día. Son ya las seis de la tarde pasadas.
Pelegrinita
no tenía apetito, ¡qué va! Come tal que una lima nueva. Es natural.
Después del almuerzo ha caminado ocho kilómetros y eso vuelve a
abrir el apetito a cualquiera. Su marido toma el café a pequeños
sorbos y come con parsimonia y lentitud, casi un rito que he visto
en muchos hombres del campo.
-¿Por qué ha hecho
usté lo de la taquilla?
Pelegrinito
es incisivo y directo. La pregunta casi restalla en mis oídos. Y la
chica, sentada frente a mí, no me quita la vista de encima. Sus
carrillos siguen moviéndose acompasadamente, pero sus ojos claros,
inquisitivos y felinos, están fijos en mí.
Y de pronto, tengo la
desagradable sensación de haber metido la pata hasta la
ingle. De haber herido involuntariamente la sensibilidad de mis
amigos. Son dos personas que tratan de ganarse la vida con su
trabajo, que, a buen seguro, jamás han mendigado, y que pueden haber
interpretado mal lo ocurrido hace un rato.
Pero, ¡qué puñeta! Si
yo no hubiese hecho lo que hice, no les hubieran vendido el billete
y estarían ahora pensando en la forma de volver al pueblo, ya casi
de noche, en auto-stop y desilusionados. O, lo que es peor,
tratarían de subir al tren de polizones y acabarían en
cualquier estación de la ruta, apeados del mismo por el revisor o la
Guardia Civil. ¡Narices! Creo que no lo he hecho tan mal. Y paso al
contraataque:
-¿Qué otra solución
había? No os hubierais podido ir así.
-Pero nosotros no le
habíamos pedido... -pelegrinita trata de defenderse.
-Lo sé. Pero vamos a
ver, criaturas: ¿Con qué dinero habéis salido de casa para este
viaje?
-Con mil quinientas
pesetas. Creíamos que había suficiente. No podíamos pensar que el
viaje costase más que el jornal de un día... -la matemática de
pelegrinito es apabullante.
Su chica continúa,
justificando:
-Es que había que
dejarle algo a los viejos. Cualquiera sabe cuando volveremos, y
ellos no pueden ya trabajar. Nos sabe mal dejarlos así. Sobre todo,
tan solos, porque dinero ya les iremos mandando. Y a usté,
porque habrá que devolverle lo que nos ha dejado.
Vuelve la sensación
anterior, pero atenuada. Si ellos lo entienden como un préstamo, más
vale que sea así.
-Bueno, como queráis.
Pero no os deis mucha prisa. Y no os dejaré mis señas para que me
paguéis. Me parece feo.
Me encaro con
pelegrinito. Los dos sonreimos.
-El mundo es muy
pequeño y volveremos a encontrarnos. Ya sabes que me debes un paseo
en tren y unos bocadillos.
-¿Unos bocadillos?
-Sí. -ahora soy
rotundo- Vamos a pedir que os los preparen. El pan seguirá siendo
duro, pero es mejor que nada. Tendréis un viaje largo. También
necesitaréis agua...
El pedido no tardará
mucho, según el camarero. Y mientras vuelve, la conversación la
controlan mis ilusionados pelegrinos. Trabajarán duro.
Ganarán dinero, pero saben que no se harán ricos. Sólo quieren lo
necesario para poner la casa en el pueblo y, en unos años, un
bar. Él atenderá el mostrador y ella, la cocina. Y tendrán un par de
hijos. Y procurarán que estudien (como "usté", que se ve que
tiene carrera...)
Y también como
vosotros, amigos. Que vuestros hijos sean igual que vosotros:
valientes, amables, cariñosos, ilusionados... Y orgullosos. Un
poquito orgullosos, como sus padres. Serán de buena raza.
El camarero vuelve
con el pedido en una bolsa de plástico. Se oye el pitido de
una locomotora.
-¡Vamos! -apresuro a
mis amigos- Ese puede ser el vuestro o el mío...
Cruzamos
apresuradamente la placita que hay frente a la estación. El tren que
espera en el segundo andén es el de mis amigos.
-Fijaos bien en el
cartel que hay junto a la puerta... Ahí, donde dice Almería,
¿ves? No os vayáis a bajar y os equivoquéis...
Ha llegado el momento
de despedirse. Estrecho con fuerza la mano de pelegrinito.
-Hasta la vista,
amigo. Coge esto. Tus parientes pueden no estar en la estación de
Almería y te vendrá bien para el taxi hasta su casa.
-Pero, oiga...
-Nada, hombre, lo
metes en la cuenta. Ya sabes.
-Sí. -pelegrinito
sonríe- El mundo es pequeño...
Me vuelvo hacia
pelegrinita. Pero cuando voy a estrecharle la mano, se me acerca
sonriente. Rodea mi cuello con sus brazos y estampa en mis mejillas
dos sonoros besos. El contacto de sus labios es húmedo y cálido,
cariñoso. Debo estar ruborizado hasta las orejas.
Ahora entra el Talgo
en la estación. Trato de disimular mi azoramiento apresurando a mis
amigos.
-¡Venga! ¡Vuestro
tren saldrá apenas lo haga éste!
Pelegrinita,
mientras sube al tren, me explica:
-Es lo menos que
merece usté. Hemos encontrado en nuestra vida poca gente que
nos trate así, que nos escuche. Ojalá nos volvamos a ver. Y no se
preocupe: mi hombre no es celoso.
El Talgo ha salido
ya, tras una brevísima parada. Detrás de él y después de una
atronadora pitada, el tren se pone en movimiento cansinamente. Desde
la puerta del vagón, dos rostros sonrientes y dos brazos agitándose
me dicen adiós. Pronto sólo se ve el piloto rojo del último vagón...
-¡Chico, pero qué
despiste tienes! -la voz de mi hermana, olvidada la pobre, me
arranca de mis pensamientos- ¿Quién había en ese tren que sale
ahora?
-Dos personas. Seres
humanos. Jóvenes y pobres, pero ricos. Con un pequeño hatillo de
ropa y un gran cargamento de amor, de ilusiones, de inocencia... Ese
tren, sólo con mis amigos, va ya repleto de cosas de esas...
-¡Anda, hoy tienes la
tarde poética!
-Bueno, déjate de
guasas. ¿Dónde está tu maleta?
Mientras abandonamos
la estación, hacia el coche, entre dientes voy tarareando una vieja
canción:
-Hacia Roma
caminan dos "pelegrinos"...
Baldomero Patón Galdón
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