Torerillo de Navidad...

Diciembre, 1.996

 

Juan Utrera cayó rendido de cansancio. Desde donde le dejó el camión que le trajo en “auto-stop” hasta la placita de tientas había un buen trecho de caminata. La oscuridad se había apoderado de todo hacía ya un buen rato. El torerillo encontró amparo en un cobertizo del cortijo, comió el bocadillo que le había regalado el camionero y, envuelto en su capote y su muleta, se dispuso a pasar la noche. Todo estaba muy tranquilo. Pero él sabía que, a la mañana siguiente, no sería igual: se celebraba un tentadero al que asistirían figuras y gente importante en lo que para él significaba el mayor de sus sueños: ser torero. La somnolencia se fue apoderando de él y se arrebujó en el pobre abrigo de sus engaños de torear. Era Diciembre y hacía frío.

No sabía ni el tiempo que había transcurrido, cuando despertó sobresaltado: estaba escuchando el llanto de un niño. Pero ¿cómo era posible? Se incorporó. El caso es que el cobertizo y el paisaje no parecían ser los mismos pero tampoco él, con la oscuridad de su llegada, se había fijado mucho...

Allí estaban. Eran una pareja rara, por lo menos, por sus vestiduras. Él parecía poco mayor que Juan, pero la mujer debía tener, más o menos, la misma edad.

-Acaba de tener el Hijo. Tenemos mucho frío. Somos forasteros aquí y nadie nos ha querido cobijar.

Juan reparó en el pequeño, desnudo sobre un humilde lienzo, en el pesebre. Tiritaba, como su Madre, a causa de la intensa helada.

-A ver si nos puedes echar una mano, hombre. Vamos a buscar algo de leña para calentarlos.

-Sí, -Juan pareció salir de su asombro- pero antes habrá que buscarles algo que les abrigue más. Espera, yo tengo con qué. No es mucho, pero creo que servirá.

Aunque sucia, la franela de la muleta, que Juan llevaba desprovista de estaquillador, sirvió para arropar algo más al Niño. Pero la Madre...

-De momento, esto servirá. Aún está caliente... -y colocó sobre los hombros de la Señora aquel viejo capote, que un día fuera rosa y amarillo, mil veces remendado, regalo de un banderillero jubilado años ha, y que aún conservaba al calor de su cuerpo de hacía escasos minutos.

Un grupo de hombres y mujeres hizo su aparición. Vestían de una forma extraña, como los primeros, y se notaba a la legua que no eran ricos.

-Nos han anunciado que aquí, esta noche, ocurre algo muy grande para la Humanidad. Dicen que ha nacido el Mesías... -Juan cada vez entendía menos. Pero estaba muy claro que venían a ayudarles.

Además de aquellas pobres gentes, nuestro torero percibió la presencia de otros seres todavía más sorprendentes porque parecían etéreos, casi inmateriales, que flotasen en el aire entonando cánticos que hablaban de paz, de buena voluntad... Uno de ellos se acercó a nuestro amigo:

-Tú ya has hecho lo que tenías que hacer. Ve y siéntate a la fogata que ya está encendida. Ahora las mujeres se ocuparán de la Madre y el Niño y los hombres traerán más leña y provisiones. Anda, descansa un poco...

Pocos minutos debía Juan llevar junto al fuego, cuando una bella joven, de aquellas que habían brindado su ayuda, le tocó en el hombro:

-Hemos vestido al Niño con unos pañalitos y ya está muy bien abrigado con mantas y pieles y duerme tranquilo. Dicen que esto es tuyo y no queremos que lo pierdas -se trataba de su vieja muleta-. En cuanto abriguemos a la Madre, te devolveremos lo otro. Oye, ¡qué extraño es! A ver si me dices luego para qué sirve...

Nuestro torerillo se envolvió en su mil veces corneada muleta. Y el calorcillo que de ésta se desprendía y el de la fogata, retornaron a Juan al más plácido de los sueños.

¡Maldita sea! ¿Pero cuánto había dormido? Ya era viejo el canto del los gallos y se escuchaban mugidos, cencerros de bueyes y el ronroneo de los primeros motores de vehículos que se acercaban...

Pero ¿y su capote? ¡Su viejo capote! ¿Dónde estaba? Juan recordaba vagamente haber tenido un sueño muy extraño y mientras... algún “randa” le había robado el capotillo con el que se cubría... ¡Qué desgracia! ¡Mira que si le dejaban saltar y lo necesitaba! Casi sollozando Juan montó el estaquillador en su vieja muleta, el único engaño que le quedaba y, con el bastón que hacía las veces de estoque, se dirigió hacia la placita, sin quitar -eso sí- la vista a cualquier capote que se le cruzaba. Por si acaso...

La tienta no fue mal. Le dejaron torear, alguien se fijó en él y todo empezó a rodar. Y tras unos años de novillero, alternativa, confirmación y varias temporadas de lucha, Juan Utrera apareció convertido en primera figura del escalafón. De vez en cuando recordaba aquella rara noche de Diciembre, y el sueño que tuvo en la víspera de un tentadero y cómo alguien se aprovechó de él para robarle su primer capote. Pero todo era agua pasada.

No dejaba de sorprenderle -eso sí- la tremenda suerte que parecía acompañarle en su trabajo. Como todos, había pasado apuros en la cara de los toros pero siempre, en el último momento, algo providencial había desviado la trayectoria del cuerno hacia su cuerpo. Y en una ocasión, cuando el más cercano de sus auxiliares estaba aún lejos, le había parecido que el burel, tras marrar la cornada, se alejaba siguiendo el cite de algo o de alguien... Él decía que tenía mucha suerte o lo que otros llamaban “buen fario”. Y no le daba más importancia. Quizá, envalentonado por ello, no hacía ascos a ganadería alguna.

Pero el Miura de aquella tarde era de mucho cuidado. Con genio, descompuesto y listo, embistiendo con peligrosa falta de fijeza a cuanto se movía... La lidia, hasta aquel momento, había resultado difícil y angustiosa, pero Juan se decidió a poderle y pidió la montera para brindar al público.

No obstante, no se fiaba. Sabía que aquel bicho podía notar su presencia al ir hacia medios y venírsele encima en cualquier momento. Por eso, mientras caminaba, no le quitaba ojo... Hasta que notó aquella presencia a su lado y se detuvo, entre la extrañeza del público (“Se lo está pensando...”). A su lado y sólo visible para él se encontraba uno de aquellos seres etéreos que Juan recordaba vagamente del sueño del tentadero. Pero lo que sí reconoció en cuanto lo vio fue lo que llevaba en las manos: su viejo capote de “maletilla”...

-Tú... ¿de dónde has salido? Y... ¿qué haces con ese capote...?

-Es una larga historia, Juan. Aquella noche en Belén, cuando fuimos a devolvértelo, ya te habías ido. Así es que la Señora María, esa a la que rezas antes de venir aquí, me lo entregó y me dijo: “No sé para lo que sirve. Pero apréndelo tú y procura siempre salvaguardar a Juan de todo peligro”. Y aquí me tienes, haciendo quites, que alguno ya lo habrás notado. ¡Sea usted Ángel de la Guarda para esto! En fin, maestro, brinde usted tranquilo, que ése no se acerca, ¡”mardita” sea su “arma”!.¡ “Pa” eso estoy yo aquí! ¡Y le vamos a cortar las orejas!

Y le guiñó un ojo en significativo gesto de complicidad.

Juan vio entonces claro aquel sueño y esbozó una sonrisa agradecida. Retomó su camino, pero no llegó hasta el centro del anillo. Se detuvo en el tercio y, desde allí, levantó montera y rostro hacia el azul...

Fue su primer brindis al Cielo.

 

Con los mejores deseos de Paz, Felicidad y Prosperidad siempre...

                 A todos ...

                           en cualquier parte del mundo...

                                    ¡Ojalá!

 

 

Baldomero Patón Galdón