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El charlatán, por Cristóbal López Serrano (A)

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Existen profesiones y actividades en desuso de las que solo queda el recuerdo. Recuerdo que se desvanece en la memoria, pero de grata evocación porque rememoramos ambientes, escenarios y personajes que se fueron y es bueno recordar el pasado para que sepamos apreciar el presente.

Entiendo es positivo sacar una  a colación para que lo conozca la gente que no la vivió ni ha oído hablar de ella. Era una forma de comercio que facilitaba a las clases menos pudientes el acceso a la adquisición de cosas que, según ellos, no podían obtener en circunstancias normales, aunque muchas veces, en estas compras se cumpliera aquello de que “lo barato sale caro”.

Fueron años difíciles aquellos de posguerra. Años duros y malos. Las familias, normalmente numerosas, subsistían con dificultad por ser escaso el trabajo, muchas las bocas que tapar y pocos recursos para remediarlo. Las telarañas eran frecuente adorno en las alacenas y despensas. Se vivía del “fiao” en las tiendas de alimentación y de la “cartilla” para conseguir ropa y calzado para los chiquillos. Cuando más pobres más formales y al conseguir trabajo se pagaban las trampas en la tienda y en la panadería y... vuelta a empezar.

Acabada la recolección de la aceituna y si el tiempo había sido bueno y no había interrumpido mucho el curso de la misma, las familias reunían algún dinero con el que se remediaba algo la situación.

La economía del pueblo se reactivaba y sabedor de ésto el comercio de fuera, se desplazaba a ofrecer sus artículos a la espera de obtener pingües beneficios ante la buena perspectiva de ventas.

Asimismo venían compañías de teatro y revistas de variedades “cantaores” y los cines de la localidad se llenaban de gente deseosa de ver los espectáculos y disfrutar aquella novedad.

Igual que las golondrinas de la primavera, había un personaje que invariablemente aparecía todos los años por estas fechas para vender su mercancía, orador de calles y plazuelas: el charlatán.

Se le conocía como “el valenciano” por provenir de aquella región. Ataviado con blusa, pañolón al cuello y tocado con una gorra de visera, negra y de paño, a modo de boina “sin capar”, de oronda figura y...!cómo largaba el tío!. Campeón de la labia y del enrolle. Capaz de venderle una radio a un sordo como él se lo propusiera.

A bordo de una vetusta camioneta-furgón-almacén, recorría las calles del pueblo haciendo publicidad hasta reunir a la gente en alguna plazoleta. En aquellas plazuelas de piso de tierra y puertas emparradas con viejos sentados en los trancos; la gancha entre las piernas y amarillenta colilla cabalgándole la oreja que, curiosos se levantaban para averiguar el motivo de aquel alboroto.

Las mujeres salían a la calle con sus mandiles de faena, algunas con sus escobas de palma y caña que no les había dado tiempo a soltar. ¡Andá!, si ya está aquí el charlatán. ¡Neene, cierra la puerta!.

-¡Vamos, mujeres!, ¡Acercaos para ver lo mejor de la Feria de Muestras de Valencia!, ¡Mocicos y mocicas!, ¡Venid, Marías, que se va el tío!.

La gente  atraída por tan llamativo conjuro, se iba aproximando y cuando éste consideraba que había suficiente parroquia, abría las puertas de su caja de pandora y descubría lo que su interior atesoraba. Mantas y sábanas pasaban a exposición en las puertas abiertas, colchas y mantones de manila; fuertes y listadas lonas para confeccionar costales un sin fin más de cosas que seguramente harían las delicias de sus compradores.

-  ¡Y ahora, para ti, buena madre!. Te voy a sacar un lote de tres mantas que, igual valen para abrigarte y que duermas calentica con tu marido; para que se la lleve cuando vaya a “dormir fuera” con los mulos, o, si quieres de la puede llevar a los toros. Y no te las voy a dar por cien duros, ni por ochenta ni por setenta: te las voy a dejar sólo por cincuenta y encima te regalo un magnífico cobertor para la cama de tu hija, para que lo luzca la noche de bodas, y además tres fuertes batidores (peines) y una lendrera  para que despiojes al chiquillo. Y, porque quiero y con lo mío hago lo que me da la gana, un maravilloso abanico para que te refresques este verano. ¡Esto es una ruina!,!Vamos,Marías!, ¡si esto es gloria bendita!.!Cucha, nena, que corte de traje para el quinto!.

Y así, este hombre seguía hablando como si le hubiesen dado cuerda, alabando las propiedades de sus géneros.

Ante tal aluvión de ofertas y según él de tan buena calidad, el auditorio se deslumbraba con tantas gangas y no dudaban en comprar.

Poco a poco iba colocando sus artículos que, presurosa la gente se llevaba pensando había hecho una buena compra.

Ya anochecido, el buhonero cerraba su tenderete solo ya en la plazoleta y se disponía a ir a alguna de las posadas del pueblo a contar sus dineros, dar cuenta de una buena cena y despedirse por hogaño.

Cristóbal López Serrano

 

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